Dicen que dicen
Dicen, sólo dicen, yo no puedo asegurarlo, que el Cuqui acompaña con una puteada sonora cada movimiento de sus brazos para guiar las muletas que, por ahora, deben guiarlo en sus escasos movimientos.
Dicen, sólo dicen, yo no puedo asegurarlo, que cada puteada, pese a la notoria mejoría de las heridas que le provocara el accidente sufrido, a medida que pasan los días parece adquirir mayor virulencia.
Se comprende.
Un hombre político tan activo, apartado del ruido aunque sea por unos días, debe padecer como mono con hemorroides. La campaña por las internas pasa por el frente de su casa. Me lo imagino cual león enjaulado, rugiendo, entre trago y trago de whisky que, espero, qué digo, ruego ¡hermano de paladar débil por los líquidos ámbar con hielo! no le hayan quitado. Son inspiradores. Como se sabe, a mí me producen el mismo efecto, aunque suelo agarrar con la inspiración, y con algunos chinchulines, para otro lado.
Pero he aquí que ahora también dicen, sólo dicen, yo no puedo asegurarlo, que cada puteada del Cuqui tiene cédula de identidad y él las va juntando para, cuando le den el alta, arrancar de nuevo, brioso, al aire libre, con una motosierra encendida. Algunas de esas cédulas serían la del Oso, la del Soberbio Nacho y la del Cuquito.
Y dicen, sólo dicen, yo no puedo asegurarlo, que al Oso se le soltó la cadena, los frenos y varios tornillos y sería imposible rearmarlo; que el soberbio Nacho ha aumentado sus apariciones televisivas en proporción directa a la imposibilidad de obtener aunque sea media docena de votos; y que el Cuquito anda tan, pero tan acelerado trabajando en lo suyo, claro, ¡si le sobra viento en la camiseta! que el Cuqui estaría pensando con seriedad en renunciar a la patria potestad.
¡Qué injusta es la vida, lector!
¿Tenía que pasarle todo esto al Cuqui, justo en el brindis para festejar que el Guapo quedó a los manotazos con una piola por no perderse del camión de los rezagados?
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