LA COLUMNA AMARILLA

La violencia

La realidad enterró toda negación acerca del crecimiento de la violencia social. Hay preocupación y el Presidente, repitiendo un modo de provocar cambios que se va haciendo inocuo ­solicitud de propuestas a quienes ya trabajan en la cuestión-, exige soluciones.

El pasado enseña. Este país se creó, con valores de trabajo, responsabilidad, tolerancia y solidaridad, en la fragua donde inmigrantes y nativos forjaron aquellas familias grandes, abarcadoras, transmisoras de moral y conductas éticas, donde convivían varias generaciones. A ese centro modelador se sumó la escuela pública que implantó Varela, palanca sólida para robustecer la obra espontánea de los propios ciudadanos.

Ha sido dicho: esas familias desaparecieron o mutaron a otras formas que no generan ni transmiten los mismos valores; añadamos que, desde hace décadas, la educación formal está en crisis y ayuda poco. Es lógico que se perciba un estado de indefensión.

No ha sido todo.

El espacio que dejó este proceso no quedó vacío. Lo ocuparon los operadores, o concesionarios, de los medios electrónicos, sobre todo la televisión abierta ­a cuya desaprensión se sumó el riesgo de Internet por su falta de límites- con un mensaje que da escalofríos y coincide en la exaltación de la violencia más diversa y sutil.

Si hay que incidir sobre la familia, la educación y la televisión, ¿no hay salida sino hasta dentro de varias generaciones?

No. Esa es la verdad.

Pero sí se puede operar en el fortalecimiento de los llamados frenos inhibitorios, para convertirlos en una cultura inmediata. Nos obliga a la admisión de algunas cosas: el ser humano es instintivamente agresivo; y hay hombres, y jóvenes, y adolescentes, irrecuperables. ¿Tolerancia cero? Podría ser.

Estamos metidos en una selva perversa. Desmalecemos lo que se pueda.

Yo respeto a quienes apuntan al ideal integral. Les envidio la fe.

Porque si seguimos quietos, antes del gran cambio nos van a comer los bichos.

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