LA IZQUIERDA QUE LA DERECHA TEME
En el discurso pronunciado en el Plenario Regional del Nuevo Espacio, el 26 de abril pasado, Danilo Astori, utilizó un concepto que para mí tiene suma importancia. Y me parece que más allá de la aprobación y de los aplausos que despertó entre los participantes, sería bueno comprender en su real dimensión, la profundidad del concepto esgrimido. Astori afirmó que en el Frente Amplio debemos tener claro qué tipo de izquierda queremos ser. Qué tipo de izquierda es la que queremos desarrollar y proyectar hacia el futuro. Ya que existen izquierdas sólidas, que acumulan y se fortalecen construyendo los cambios y gobernando, pero también, hay izquierdas de corto plazo, inconsistentes en su propuesta y transitorias en su arraigo político y ciudadano. Agregó que la derecha le teme a las primeras y actúa con indiferencia frente a las segundas.
Más allá de matices y complejidades, con el paso del tiempo, en el panorama latinoamericano hemos podido observar variados ejemplos, de ambas expresiones de izquierda. Han existido experiencias cuyo fulgor y poder de convocatoria crecieron rápidamente, pero terminaron agotándose luego en presencias testimoniales, sea por sus propias debilidades, sus fracturas o por el descrédito popular cosechado a partir del fracaso en la gestión de gobierno. Algunos proyectos que parecían muy vigorosos, que exhibían un crecimiento aluvional, hicieron crisis y decayeron en poco más de una década.
Se trata de movimientos de izquierda cuyo auge deviene, casi exclusivamente, de situaciones coyunturales o del impacto público conseguido por la figura de un líder carismático en determinado momento histórico. Sin otras bases de sustentación, una vez superada la coyuntura en particular, cuando cambian las condiciones políticas o se agota el período de notoriedad del liderazgo, cambian también las preferencias y los movimientos que parecían vigorosos decaen muy rápido o prácticamente desaparecen.
Es el tipo de izquierda que no preocupa demasiado a la derecha, no le produce temor, si acaso sólo le molesta. Se trata de una izquierda frágil, de vuelo corto, demasiado dependiente de la popularidad y la inspiración del liderazgo. Frente a ella, la derecha, solo tiene que tener paciencia y esperar el momento propicio para recuperar el poder. Sólo necesita que pase el tiempo, para que se agote el romance, la moda, el discurso o la imagen pública del líder, para que se cometan errores, se desplome la popularidad, se generen peleas internas y desgajamientos.
Pero también tenemos otro tipo de izquierda. La izquierda que ha construido la profundidad de sus cimientos y la vigencia política de su propuesta, en el marco de un arraigo ciudadano que ha perdurado en la vida política de nuestros países. Es la izquierda que ha conformado proyectos políticos amplios, consistentes, con sentido y trabajo de acumulación, que construye propuesta y organización permanentemente, con múltiples referentes y una fuerte implantación en la sociedad.
El Frente Amplio es uno de los mejores ejemplos, o quizás su mejor expresión. Es la izquierda capaz de construir su acumulación, con una fuerte inserción social, con firmeza de principios, pero con mucha flexibilidad al momento de hacer política y de proyectar su propuesta de gobierno. Tiene el sustento de su recorrido y sus demostraciones históricas, de su poder de convocatoria y movilización, el respaldo de su estructura, de su programa, de diferentes liderazgos y agrupamientos. Es la izquierda que ha roto el estereotipo de fuerza de oposición y se ha transformado en una fuerza de gobierno, una fuerza de cambio confiable, responsable, con visión de país y con capacidad de manejo eficiente del aparato del Estado.
Es la izquierda que la derecha no quiere, que no puede ni quiere ver, la izquierda que llegó al gobierno para quedarse, para continuar su obra, con elaboración propia y un trabajo social responsable y exitoso. Es la izquierda que la derecha más teme y es la que más fuertemente combate. Es la izquierda que encarna Tabaré Vázquez, la que se reafirma en sus valores, a la vez que actúa con pragmatismo y sensibilidad social, la que conquistó los mayores éxitos económicos para el país en los últimos 80 años.
Es la izquierda que construye su propio camino, ajustado a las características de su entorno nacional, pero consistente con una visión realista del contexto regional e internacional. Es el tipo de izquierda que invierte en educación, en conocimiento y que genera como nunca oportunidades para todos, pero sobre todo, para los más pobres. Es la izquierda del Plan Ceibal, del Plan de Emergencia, del Sistema Nacional Integrado de Salud, del mejor presupuesto para la educación, de las transformaciones profundas, financiadas a partir de la economía real. Es la izquierda del aumento del empleo y caída abrupta del desempleo, a partir de la inversión y del empuje del país productivo.
Es la izquierda que planifica a largo plazo, que da pasos seguros y continuos en el mejoramiento de las condiciones de vida y la generación de oportunidades para la gente. Es una izquierda que no busca atajos ni espera milagros, por el contrario, afirmada en la fuerza de su razón, acumula en base a su gestión y a su propuesta de futuro. Es la izquierda de la justicia social, la que tiene como objetivo eliminar la indigencia y combatir frontalmente las causas que reproducen la pobreza y la exclusión.
Es la izquierda que no improvisa, la que sin apelar a radicalismos verbales, promesas y caricaturas, se aplica al estudio de la realidad y la puesta en práctica de acciones eficaces, progresivas, transformadoras. Esa es la izquierda que la derecha teme. Le teme por una sencilla razón, es la izquierda que construye, que sabe gobernar, que avanza y que pelea con sus mejores herramientas.
Es el tipo de izquierda que es capaz de renovar e incrementar su apoyo, período a período. Y es el tipo de izquierda que, para nuestro mejor orgullo, tenemos aquí en Uruguay y que llegó para quedarse. La derecha no lo puede admitir y desespera. No puede aceptar que en nuestro país le haya tocado una izquierda que gobernó con confianza y resultados, y que los puede dejar fuera del gobierno por diez o veinte años quizás.
Para los blancos es imprescindible evitar la victoria del Frente Amplio. No sólo para recuperar el gobierno, sino para cortar toda posibilidad de consolidación de las reformas y políticas desarrolladas durante nuestra gestión. Por ello concentran sus ataques en la figura del presidente Tabaré Vázquez y en la de los dos principales candidatos de la interna frenteamplista. Pero en particular, frustrar la candidatura de Danilo Astori, representa un objetivo central de la estrategia política de la derecha, pues es su adversario más temido.
La derecha le teme a la izquierda que mejor gobierna. La derecha le teme a aquél liderazgo que sea capaz de expandir el electorado de la izquierda, de conquistar voluntades en sectores electorales en principio renuentes a la propuesta frenteamplista. Ambas cosas, capacidad de gobierno por un lado y penetración electoral por el otro, son dos de las mejores fortalezas de la candidatura de Danilo Astori. Es quien tiene las mejores condiciones para gobernar y para acercarnos al triunfo en primera vuelta. No por casualidad, es el candidato que Lacalle, que ya se siente ganador entre los blancos, trata de evitar a toda costa. Astori es quien representa más cabalmente a «la izquierda que la derecha teme».
|*| Senador, Nuevo Espacio FA
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