¡Quién lo banca!
Suele ocurrir en las campañas políticas de cualquier país.
Si de tirarse con pesadas flores se trata, no hay distinciones entre Norte y Sur ni entre imperialistas y emergentes.
A cierta altura de los hechos los motores se recalientan y a más de uno, quizás traicionado porque no tomó la cantidad de ansiolíticos necesaria, se le salta como dicen en el barrio la cadena.
Le pasó a Gonzalo Aguirre cuando hizo unas comparaciones a las que de todos modos hay que adjudicarles el carácter de extrañas entre Mujica, Chávez, el hombre que sonríe en las fotos, y Adolfo Hitler. Y digo extrañas porque no fue, pese a lo que ahora se dice, una cuestión tan lineal. Y además, como Aguirre contradecía su condición de blanco poniéndose más colorado a medida que hablaba, e hizo las cuestionadas referencias con voz algo cascada y arrugando la cara hasta parecerse a mi tía Juanita, me dio idea de uno de tantos bolicheos y no de un juicio formal.
Esto no mi conjetura sino el concepto es lo importante.
Dramatizamos demasiado y, al hacerlo, solemos magnificar la trascendencia de lo dicho y de quién lo dijo.
Entiendo a todos los políticos, incluso hasta al precandidato blanco Larrañaga, que criticaron con acidez lo que pudo ser intuyo, no lo sé una simple cambalada de Aguirre. Pero hubo abundancia de rigidez, de retórica, de impostación, de espíritu cervantino.
En cambio, quien puso las cosas en su sitio, una vez caído sobre su cuerpo y su alma tan descacharrante mensaje, fue el mismísimo Mujica.
Aunque digan que pasó la pierna sobre el alambrado para ir también al ruedo de las descalificaciones, su respuesta fue un acto de realismo y picardía, que devolvió la pelota de boleo con un dejo irónico que enterró el supuesto agravio: «Aguirre se levantó mal y en vez del whisky se tomó el perfume».
Eso sí, de ser cierto, entonces tendríamos flor de problema ambiental.
Un oso perfumado.
¡Quién lo banca!
Bueno, si eructa y es Calvin Klein…
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