LA COLUMNA AMARILLA

La conducta

En la vida, por voluntad propia o sujeto a circunstancias que no puede manejar, uno se comporta de muchas maneras.

Hay un ensayo de Alexis Carrell ­cuya vejez no le ha quitado validez a varios de sus conceptos­, llamado precisamente «La conducta en la vida», donde se desarrolla una teoría según la cual sólo un hombre sano física, psíquica y moralmente puede ser un hombre bueno, íntegro, ejemplo de tantos necesarios para cambiar la sociedad: «Antes de renovar nuestras instituciones es preciso que nos renovemos nosotros. Y este esfuerzo puede comenzarlo cada uno inmediatamente. Esta tentativa tan ardua, tan difícil, es preciso repetirla infatigablemente hasta que triunfemos».

Quizás en estos tiempos, cuando la ciencia se ha contradicho tanto sin cejar en su empeño de dudar y experimentar, sea una idea demasiado ingenua, hasta con rasgos de misticismo. Sin embargo, al releerla, y echar la mirada alrededor, tal vez advirtamos a personas que encajan como la mano en el guante, sin ostentaciones, con esos preceptos antiguos de Carrell.

Si hablamos de quienes hacen política, la buena conducta es doblemente importante, ya que no sólo beneficia al entorno; permite además el cumplimiento de la responsabilidad de cargar, y vaya que pesa esa mochila, la representación de los otros sin voz.

Quise hacer este prólogo, con seguridad desproporcionado para la paciencia del lector, sólo a fin de decir que mi actividad periodística, ya de cincuenta años, me ha permitido conocer toda clase de políticos. Encumbrados o humildes. Presidentes de la República o militantes que, en una de ésas, llegan a diputados.

Hay que distinguir. Y de tanto andar por el Parlamento ­usando el humor y la ironía quizás en exceso­ vale la pena que diga hoy, confiado en hacerlo con otros en el futuro, que he tenido el privilegio de conocer a uno de los hombres buenos de Carrell: Uberfil Hernández.

Que conste. Sólo lamento si es que he herido su pudor.

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