Escuelas
Mujica dijo una cosa muy sabia. Esto no implica, ¡líbreme el apóstol de los pobres de semejante atrevimiento!, que no haya dicho otras antes. La diferencia, en todo caso, estuvo ahora en la claridad del enunciado.
Así lo sentí. Qué le voy a hacer si, de tanto en tanto, no lo entiendo y me parece que macanea o improvisa.
Quiere escuelas de tiempo completo.
¿Los argumentos? Sencillos y contundentes: los hogares ya no son los de nuestra generación, aquellos que construyeron los inmigrantes, como tampoco es la misma la sociedad ni la convivencia. Hay que quitar de encima de la niñez el poder destructivo de la calle y de ese uso, cuanto menos irresponsable, que hacen quienes manejan la maravillosa tecnología de la televisión.
Obviamente la tarea no será sencilla, qué digo, será titánica. Pero debe ser enfrentada: hay que hacer más escuelas, hay que mejorar las que ya están, hay que darle más rigor a la formación magisterial, hay que incorporar otras disciplinas por ejemplo la psiquiatría, no la psicología, y otro día debatiremos la diferencia y hay que cambiar los programas, adecuándolos a estos tiempos y sus circunstancias.
Pero cuando se piensa en el porte de la eventual inversión, más aún en tiempos de crisis, vale la pena recordar aquellas frases de Varela cinceladas en «La educación del pueblo», un libro fundamental: «En América Latina el primer servicio del Estado es la instrucción pública, y jamás los contribuyentes hesitan en votar los gastos que ella exige. Aquí consideramos la enseñanza sobre todo como un interés privado, al que el padre de familia debe proveer; allí se ve en ella un interés público de primer orden, del que el Estado debe tener cuidado (…) Habrá de reconocerse que la educación, como el ejército, como la policía, como la justicia, es un servicio de utilidad pública que debe ser pagado por la nación».
La mano tendida al niño, fuerte mano capaz de salvarlo, es la escuela de tiempo completo.
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