La chinche
A los países de porte, a las grandes naciones que construyen la historia, hay que admitirle sus méritos.
Un ejemplo inmejorable. Al mundo, cuando le falta algo, Estados Unidos se lo crea. Es tal su inventiva y capacidad de construcción que tanto le da una crisis fenomenal, que nos la encaja en medio de las nalgas como si nos diera una clase sobre William Faulkner, como una chinche.
Sí, lector, una chinche. No estoy loco. Controle su ansiedad y pasaré a informarle con lujo de detalles.
¿Qué acaban de descubrir estos grandísimos hijos de puta? Que la chinche de cama, desaparecida de su territorio hace más de dos décadas ¡la maldita sobrevivió a la debacle de Wall Street!-, ha regresado a convivir con ellos, infectando colchones pero también teclados de computadoras y teléfonos celulares. O sea, es una chinche de mierda, movediza, glotona y traicionera que se esconde en cualquier parte. Si habrá cundido el temor, que la Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos ha organizado una cumbre nacional pócima mágica a la que apelan cuando no saben qué hacer con el relajo que han armado- para enfrentar la situación.
¿Qué me cuenta?
Yo, humildemente, ya empecé a poner las barbas en remojo. Me estoy preparando para dar la lucha, porque no tenga dudas, lector, que esa chinche de porquería aparece en cualquier momento en un cyber de 18 y Cuareim o en la cama de la pieza 35 del motel de Rondeau y Nueva York.
A fin de que todos los uruguayos, hoy casi olvidados de la economía mundial en peligro y sonseras por el estilo, adviertan a qué se atienen si nos invaden las chinches de los yanquis, deben saber que se vuelven activas durante la noche y aprovechan el sueño de los humanos para alimentarse de su sangre.
En ese contexto de riesgo, apareció una noticia tranquilizadora. Dejan marcas en la piel pero no transmiten enfermedades.
Lo raro es que son unas manchas coloradas enormes.
¡Ay, no! ¡¿Influirán en las encuestas?!
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