La epopeya
Hay un método para entender ciertos fenómenos políticos. No está suficientemente probado, pero ¡quién le dice, lector! Se trata de leer textos muy antiguos, historias arcaicas que aplicadas al presente parecen encender la luz de un cuarto oscuro. Por ejemplo, la epopeya de Guilgamesh, la más famosa y popular de las creaciones babilónicas.
Guilgamesh, rey de Uruk, se propuso buscar la inmortalidad. Ya crecidito, aparte de hacerse famoso por su verbosidad, emprendió grandiosas construcciones que jamás concluyó y se mostró muchas veces como un déspota. Un día se dirigió al lejano y fabuloso bosque de los cedros, que guardaba un monstruo espantoso, de vellos sobresalientes. Lo derrotó tras dura lucha, pero sufrió un cambio inesperado; durante varios días y noches lloró al monstruo ¿al final lo quería? y se negó a darle tierra. Cedió al fin, pero se arrancó un brazo y lo dejó allí, como un símbolo. Luego, abandonó la ciudad y anduvo errante por el desierto: «¿Acaso voy a morir yo también?». Los cuentos de sus hazañas heroicas no le servían de consuelo y decidió dedicar sus esfuerzos a adquirir la inmortalidad, para lo cual inició un largo viaje hacia las aguas tenebrosas.
Enfrentó abundantes pruebas de iniciación: someterse a esfuerzos de concentración mental, atravesar un túnel muy largo sin llantos y, al final, vencer al sueño durante siete días y siete noches.
Qué macana. Guilgamesh se durmió como un bebé de tanto pensar en sí mimo. Al despertar, oyó una voz: «¡Mira al hombre que deseaba la inmortalidad. El sueño, como un viento violento, se ha abatido sobre él!». Frustrado, volvió a su lugar de origen y abandonó toda pretensión sobre el futuro. Esta epopeya ha sido vista como una ilustración dramática de la condición humana y la imposibilidad de cambiar el destino.
Digo yo: si a Guilgamesh la realidad lo clavó de cabeza después de tamaña peripecia, ¿es muy audaz pensar que Jorge Batlle abandone la política?
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