LA COLUMNA AMARILLA

Reforma agraria

No hay caso. Hay que seguir ocupándose de la campaña política. Es una máquina de fabricar enunciados. Algunos viejísimos, aunque los candidatos se las ingenian para maquillarlos y empujarlos a escena de nuevo. ¿Un ejemplo? La reforma agraria. Dicho con sincero respeto por el Turco, un amigo, la reforma agraria en esta campaña se parece a Washington Abdala: no hay cristiano que deje de hablar de él, pero nadie le abre la puerta. Reflexionando acerca de una cuestión tan relevante, recordé que esto se viene agitando desde tiempos de Artigas, el patriarca. Adormecida por las circunstancias históricas, metamorfoseada por los cambios económicos, sociales y políticos, la reforma agraria se las ha arreglado para seguir ahí, cascoteada pero de pie, lista para ser tema central de las campañas por los siglos de los siglos. Como hoy día se oyen tamaños delirios al respecto, hallé otra similitud: la reforma agraria es, de cara a las internas y a la elección nacional, como la táctica de Peñarol: todos hablan de ella aunque nadie la entiende. Hay una cosa, entre tantas que semejante asunto abre a la reflexión colectiva, que es patética: si bien unos hablan de predios improductivos por el minifundio, otros de la especulación del latifundio y otros más de una ley vigente que ­al menos se supone­ fue aprobada para dotar de tierras a Colonización, ninguno niega la importancia de una gran transformación en el campo, empezando por quién debe ser dueño y de qué y siguiendo por qué hay que hacer en cada lugar. Siendo esto una realidad, uno se pregunta por qué diablos los partidos políticos no se ponen de acuerdo, elaboran una política de Estado con aportes diversos y resuelven el entuerto de una buena vez. Así, por lo menos, hablarán de otro tema, quizá más divertido, como por caso cuántas veces van a clavar de cabeza a Sandra Etcheverry, quien, debido a su carácter tipo polvorita, de meter pechera, viene ligando tan mal, pobre.

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