El gran puchero
La imaginación no tiene límites, sobre todo cuando se trata de barnizar de humor situaciones no precisamente divertidas. Esto lo he escuchado desde que tengo uso de razón.
Hasta ahora, al menos en lo que a mí respecta, nunca me había advertido iluminado por una brillante luz que hiciese honor a semejante afirmación.
Ya en la vejez, y con la mente frecuentemente en penumbras cual si apenas se iluminara con una pobre cerilla de escasa duración-, tengo ahora la placentera sensación de haber imaginado algo que traspasa la extensa frontera de mi pobreza intelectual con la que me despierto casi todos los días.
Leí que Pedrito Bordaberry se fracturó un pie.
Debo aclarar que no fue en una circunstancia cualquiera: el joven y decidido dirigente político pretendía cabalgar una yegua a la que él mismo calificó de difícil.
Me dio por pensar que esa yegua bien podría representar, metafóricamente, el esfuerzo de Pedrito, hombre empeñoso si los hay, por levantar al Partido Colorado en las encuestas, extrayéndolo a fuerza de talero y espuelas, del piso debajo del suelo donde se halla en estos tristes para sus intereses políticos- momentos.
Esa yegua fue la realidad y se lo sacó de encima en un breve y seco corcoveo que, dicen muchos hoy, se veía venir.
Reconozco que no es una metáfora demasiado imaginativa, pero por algo se empieza. Me siento mejor, dicho con profundo respeto por los colorados.
Y me sentí más estimulado aún cuando me enteré de que el pie fracturado fue el izquierdo, que pretendió apoyar guapeando para no desplomarse. Sin embargo, dicho en el lenguaje joven que estoy aprendiendo con mi amigo Franco, se hizo pomada.
Elemental, Watson.
¡No le iba a fallar el derecho, que lo tiene de plomo, forrado de aluminio y por el que reza a diario para que no le pase nada!
Sólo queda por si las moscas- aclarar lo que debería ser obvio: el humor no afecta al honor de las personas. Sólo hace sus peripecias un poco más divertidas.
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