¡Hábleme bien!
Según muchas escuelas filosóficas, y tal como ya se creía a comienzos del siglo pasado, el hábito de ver al lenguaje supersticiosamente aún no se ha extinguido.
Cuestión muy vieja, si las hay. Los salvajes temían revelar su nombre a un enemigo por miedo de que éste ejecutase una magia maligna a través de él. Dicho de otro modo, el problema es que el objetivo del lenguaje no su función, que sirve para comunicar información y emociones, para relacionarse e influir en el comportamiento de los demás- no es el mismo en todos los casos.
Decía Bertrand Russell: «¿Cuál es el objetivo del lenguaje para un militar?»: palabras de mando para producir movimientos corporales similares en un grupo, o palabras injuriosas destinadas a lograr la sumisión. Siguiendo ese razonamiento, podríamos preguntarnos por el objetivo del lenguaje para un entrenador de fútbol, para un pastor de una iglesia, para el director de una oficina pública, para un mendicante que anda por la calle o para una jovencita que emplea sus noches en una casa de masajes.
Las posibilidades, en cuanto al objetivo del lenguaje, son infinitas. La diferencia esencial, más allá de la función, es la forma: quien se dirige a mí, ¿lo hace con respeto o me denigra?
¿Me habla bien o mal?
Tal distinción ha pasado a ser relevante en la campaña preelectoral; basta advertir cómo se hablan los políticos entre ellos y cómo nos afecta a nosotros. Yo comprendo que el objetivo del lenguaje de un político sea destacar aquello que lo diferencia de los otros; pero no entiendo que ese objetivo se alimente del desprecio, del rencor y hasta de la discriminación.
O lo superan, o la campaña se va a la mierda. Peor todavía: algunos ciudadanos vamos a preferir oír los ladridos de un perro. Por más elocuentes que sean y aun impelido el can por instintos nada estimulantes- no nos ofenderán.
Y nos quedará el recurso, si rompe mucho las entretelas, de encerrarlo hasta que se le pase.
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