LA COLUMNA AMARILLA

El viejo lío

En un club de fútbol del Interior, que no viene al caso nombrar, hubo un lío soberano que duró tiempo y tiempo.

Epifanio, mi amigo, decía que era una injusticia y perturbaba la equidad de la que toda institución era merecedora. El Torito Bobadilla, zurdo habilidoso que llenaba el ojo a mucha gente, tenía, además, la lengüita bien sobada. Líder de todas las movidas por los contratos, siempre se hacía de la parte del león. Luego pachorreaba en los partidos y, cuando las papas quemaban, extraía algún conejo de la galera y lograba trancar cualquier cambio que pudiera disminuir sus haberes.

Ese lío acabó cuando el Torito empezó a atarse parado los zapatos, poniendo el pie en un banco. No se podía agachar. La hora del retiro es inexorable.

Aunque parezca un delirio, recordé el caso porque otra vez ha salido a luz la absurda disparidad de los sueldos que se pagan en la administración pública ­cuestión que viene de larga data­ a raíz del llamado a concurso para diversos cargos en el Palacio Legislativo.

No sería buena cosa que la reforma del Estado, de la que ha dejado de hablarse con la intensidad de meses atrás, corriera la misma suerte que el club del Torito Bobadilla; o sea, que no se haga hasta que sobrevenga, quién sabe cuándo, un cataclismo similar al de la artrosis y la vejez que acabaron con el zurdo.

Cada grupo beneficiado por la inequidad de los sueldos del Estado se enrosca, pone barreras defensivas y se convierte en una corporación, de mayor o menor tamaño, con cierto grado de poder.

Bobadilla era una corporación unipersonal pero tenía ese poder, sutil, filoso, capaz de abortar las mejores intenciones de quienes aspiran a cambiar esta penosa realidad nacional.

Ya sé. La campaña política lo ha entreverado todo. Pero nadie debe olvidar que esa reforma es esencial al futuro del país.

Como pudo serlo al futuro de aquel club ­según la dramática solución propuesta por Epifanio­ quebrarle los tobillos al Torito.

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