LA COLUMNA AMARILLA

El gran puchero

Ya me he referido a esta cuestión. El lector puede llamarme recurrente, o algo por el estilo. Cargaré con eso.

¿Cuánto tiempo tardará en desaparecer de la luna la huella de Armstrong?

¿Cuándo se lanzó la primera bomba?

¿Es cierto que se puede dormir con los ojos abiertos?

¿Por qué baila el agua sobre una plancha caliente?

¿Qué fiabilidad posee la prueba del carbono 14?

¿Quién inventó el esperanto?

Imaginemos al ciudadano común ­ése al que afecta la deformación noticiosa de los medios, sobre todo la televisión- confundido, molesto frente a preguntas de este tipo que lo acosan como acertijos innecesarios.

Esto se me ha ocurrido por puro capricho o por un sano afán de divertirme un poco. Pero esa sensación que el ciudadano común sentiría si alguien le hiciera, en reiteración real, tales interrogaciones imaginarias, es la que en realidad padece, con similar incomprensión e incomodidad, frente a los discursos de los candidatos en la campaña política.

El verbo preelectoral, sin distinción de partidos ni de hombres, se ha convertido en una olla enorme donde, en plena ebullición, se entreveran tantos ingredientes como se usan habitualmente en un gran puchero: chorizo, choclo, zapallo, longaniza, patas de cerdo, papas, zanahorias, caracú, trozos de carne y abundantes porotos.

Si no aparecen pronto los debates organizados, racionales, se llegará a la definición de las internas por el voto emocional.

Se habla de todo, sólo que un poquito. Se salta, en una suerte de birlibirloque que dura lo que un lirio, de la distribución de la riqueza a la necesidad de más cárceles, de la reforma de la salud a las cooperativas de hurgadores, del secreto bancario a la situación de los liceos o de la Ley de Caducidad al precio del asado.

Esta campaña empuja al ciudadano hacia el perfil de los clientes de café descritos por un escritor gallego: «Son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada».

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