IRRITANTE AUSTERIDAD

Hoy culmina un fenómeno cultural de Buenos Aires, cuya magnitud resulta muy difícil de explicar.

Se trata del Bafici, el Festival Internacional de Cine Independiente que se desarrolla anualmente desde hace una década y que este año supera las trescientas películas en exhibición y las doscientas mil personas como público. La laxitud con que es autodefinida esta supuesta independencia y los criterios de los curadores resultan una incógnita inextricable, particularmente en el cine de ficción. Si excluimos a las grandes productoras de la industria cultural cinematográfica, todo puede tener cabida en esta megamuestra. Se trata de una maratón en la que se exhiben los trabajos, sin solución de continuidad, y sin alterar un ápice el dispositivo económico-social de emisión-recepción, como si fueran estrenos de Hollywood.

Nada de las potencialidades de lo que Walter Benjamin llamaría reproductibilidad técnica pueden encontrarse allí. Para asistir habrá que acercarse a los cines del circuito comercial globalizado (como la cadena Hoyts), abonar una entrada (morigerada para la ocasión) y en el mejor de los casos participar de un debate. Las obras son celosamente resguardadas de la posible solidaridad cultural del ciberespacio y se inscriben dentro de los marcos privativos del copyright tradicional. No he encontrado a lo largo de los años de esta experiencia un solo rasgo de alteración de los modos de producción y distribución de este cine «alternativo», ni razón para considerarlo tal, salvo por cuestiones de restricción presupuestaria para su confección. No cabe duda que esta afirmación tendrá excepciones, pero la tendencia dominante es una suerte de cine clase B que, involuntariamente, sí convocó al efecto aureático señalado por el pensador de la escuela de Frankfurt, aunque en la infraestructura multisegmentada de las salas comerciales. El fenómeno de masas está en las antesalas, en los pasillos, en las tertulias.

Sin embargo, dentro de estos lineamientos generales, un mérito indiscutible es la instalación regular del rubro documental, por lo general excluido de los circuitos distributivos tradicionales, particularmente el documental crítico. Con excepciones como los filmes de Michael Moore, por ejemplo, este género estuvo condenado a la marginación. A pesar de cierta hegemonía norteamericana al respecto, aquí es donde se resalta particularmente la distinción entre el cine hegemónico y la producción subalterna.

En el contexto de este festival, tuve ocasión de ver los dos trabajos del grupo «The Yes Men» que desarrolla una curiosa expresión militante que podríamos inscribir dentro del movimiento antiglobalización. La dimensión militante deviene del hecho de que producen páginas web que emulan sitios institucionales (como el de la organización mundial de comercio) pero con otros contenidos: los que ellos creen que verdaderamente representan a dichas empresas u organizaciones, o lo que idealmente consideran que deberían decir. No hackean las páginas institucionales, sino que las imitan pero con contenidos críticos que, sin embargo, no impidieron que les fueran cursadas invitaciones a diversos encuentros como representantes de la supuesta institución. Las escenas se sucederán en las diversas conferencias y seminarios de negocios dispersas por el mundo. Se concluye de allí que los organizadores no leen los contenidos de la página a cuyos autores o representantes invitan. Una vez hecho esto entra a jugar el actor del grupo que, ataviado adecuadamente para la función y haciendo gala de la hexis corporal y modos esperables de los habituales conferencistas, comienza a desgranar toda clase de disparates según el caso, convenientemente graficados con powerpoint y proyecciones animadas. Pueden ser racistas y reaccionarios in extremis, o contrariamente, distributivos e inclusivos (representando empresas responsables de catástrofes u organismos gubernamentales indiferentes a las tragedias), dependiendo del efecto que quieran causar en el público al que auscultan celosamente con sus cámaras. Producen un efecto del tipo del affair Sokal en el plano político y comunicacional.

Las conclusiones palmarias que se extraen de sus parodias son de dos órdenes. La primera es que el cumplimiento de promesas electorales o satisfacciones populares tienen una inmediata recepción en la población (editaron y distribuyeron una edición apócrifa del New York Times con las noticias que muchos quisieran leer, pero que son falsas). Y la segunda es que puede sostenerse cualquier dislate ultraderechista en las reuniones de tecnócratas y empresarios sin que produzca el menor malestar o crítica en casi todas sus intervenciones, con repercusión textual inclusive en la prensa hegemónica. La concatenación de ambas es que la prensa juega, a partir del lugar que le otorga a los hechos políticos y a la discursividad, un papel rector en la construcción del imaginario colectivo.

No soy crítico de cine y mi intención no es detenerme en este género de parodia documental. Pero mientras veía los trabajos pensaba qué hubiera pasado si «The Yes Men» hubiera recalado en Uruguay. No es muy difícil deducirlo a partir del tratamiento de la prensa a algunos acontecimientos recientes. The Yes Men pasaría desapercibido ya que basta el diario El País para superar incluso su osadía segregacionista.

El día 25 de marzo, este diario informaba en su página 10 que el intendente de Maldonado donaba una cifra cercana a los cinco millones de pesos (alrededor de U$S 200.000) a la Universidad pública, correspondiente al 50% de su salario en menos de cuatro años de gestión. El Frente Amplio y el propio De los Santos habían argüido antes de la elección que el sueldo fijado por la antigua mayoría blanquicolorada de la Junta Departamental resultaba exorbitante. Una bicoca comparada con los bonos que los ejecutivos de los bancos y aseguradoras responsables de la debacle financiera actual se autoasignan, o con los ingresos de los directivos de instituciones como el FMI o el BM, entre tantos otros verdugos de las esperanzas populares, aunque abismal proporcionalmente en un país con niveles de ingresos tan devaluados de todos los trabajadores. Muy pocos antecedentes en el mundo de actitudes cívicas como la citada podrán hallarse, incluyendo a líderes progresistas de varios países latinoamericanos que pregonan la intención de mejorar las condiciones de equidad. LA REPUBLICA no lo incluyó en tapa, pero le dio cobertura en la mencionada página 10. Para El País, la noticia no existió.

En Uruguay, el del intendente De los Santos no es el único caso. Otro de los donantes de parte de su retribución salarial es un precandidato a la presidencia. El senador Mujica (entre otros parlamentarios y miembros del Ejecutivo) dona parte de sus haberes al Fondo Raúl Sendic, cuyas características y labor merecerían una nota aparte. El precandidato, además, da testimonio de su humildad en su vida cotidiana y afirma permanentemente que permanecerá en su propia modesta casa en caso de acceder a la presidencia (aunque dificulto que las medidas de seguridad indispensables se lo permitan), entre otras reafirmaciones de sus actitudes y trayectoria de indiscutible austeridad.

El mismo diario que omite la noticia de De los Santos editorializa respecto al precandidato presidencial explícitamente sobre estas actitudes. Introduciendo la idea de que el gobierno «ha hecho descaecer valores que estaban consustanciados con el ser nacional» que para el diario de la derecha oriental se sostienen en «la mala educación, la pérdida de los hábitos civilizados, en el hablar y en el vestir» ya que «no pocos de sus integrantes, en el Parlamento y también en el Ejecutivo, practican costumbres inciviles y trasmiten una imagen impropia de sus altas investiduras. A veces, penosa». Y para no dejar dudas respecto a la alusión personal a quien no hace mucho un asesor de la Cámara de Comercio le endilgara el carácter de «impresentable», sostiene que «al as de la desprolijidad y el lenguaje inte
stinal -al decir del Dr. Guzmán-, lo han ungido su precandidato oficial a la Presidencia de la República (…) Los antivalores que él encarna y de que hace alarde, casi seguramente serán sometidos a una especie de plebiscito en los comicios nacionales». El resto del editorial no tiene desperdicio pero ya no queda espacio (El País 15/3/09).

Los «antivalores» exhibidos por Mujica y De los Santos, evidentes en su desprecio por un penthouse en La Barra o Pocitos, por el traje a medida y el Audi, no son considerados -como de hecho resultan hasta el momento- extravagancias personales de unos pocos, sino peligrosos antecedentes de incivilidad y amenaza a la distinción. Cuando estos «antivalores» no pueden ser ninguneados como en el caso del intendente, se procede a un linchamiento sintáctico como con el precandidato. La nueva inquisición política tiene hoy los signos gramaticales de la denigración y el menosprecio. Una rara xenofobia endogámica emana tras los muros imaginarios desde el Golf a Carrasco, de Solanas a José Ignacio.

Es explicable. Se insinúa mucho más que el ya inocultable ascenso plebeyo. Acecha el peligroso fantasma de la coherencia ética y la incorruptibilidad.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires,   escritor, ex decano. [email protected]

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