Liceos
Según opina la mayoría de los especialistas en educación, los índices de repetición y deserción en Secundaria son alarmantes.
Es el síntoma visible de un problema mayor, que late escondido por muchas cosas rotas o descalabradas.
Por ejemplo la conversación, o, dicho con exquisitez gratuita, el diálogo. Cada día se rebaja la relación, a partir de la palabra, entre los alumnos y los docentes y los funcionarios. Cada día se entienden menos. Queda claro que la incomunicación por uso de lenguajes diferentes afecta sobre todo a los estudiantes.
El miércoles pasado, el diputado Alvaro Vega relató en la Cámara una anécdota vivida con su hija adolescente en el liceo de Florida; necesitaba una información, le dijeron que la habían publicado en un diario y ella respondió: «¿Para qué la publican ahí y no en Facebook, si yo no leo diarios?».
Es un ejemplo aislado, simple, posiblemente insuficiente para desarrollar una teoría. Pero demuestra un fenómeno que imagino similar al desprendimiento de dos grandes continentes: uno, el de quienes enseñan; otro, el de quienes aprenden. Y se separan porque, entre otras insuficiencias, los liceos, todavía academicistas, enciclopedistas, burocráticos, aíslan al adolescente en lugar de fomentar relaciones personalizadas, integradoras, como pasa en la escuela.
Ciertamente, la población de Secundaria ha crecido mucho y también han cambiado sus características. Pues bien, para eso habría que preocuparse, además de exigir recursos necesarios, de montar un sistema adecuado a las nuevas circunstancias todas ellas- que entusiasme y que proteja, que dé participación y que anime al emprendimiento.
Se ha dicho que a eso apunta la nueva ley de educación. Ojalá.
La juventud ha cambiado. Entonces el liceo debe cambiar. Si quiere ir hacia un buen destino deberá acompasarse al nuevo cosmos, sustituyendo monólogos inútiles por la conversación e incorporando el entretenimiento como estimulación intelectual.
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