Acá mando yo
Abundan opiniones acerca de que el nuestro es un sistema democrático parlamentarista.
Lejos de mí inmiscuirme en un debate constitucional. No estoy preparado, ¿a qué presumir?
Pero hay hechos que contradicen esas opiniones.
El hacinamiento carcelario es una cuestión de la cual el gobierno entendido en su conjunto de ministros y parlamentarios se viene preocupando desde el comienzo de su gestión. Así como se conocieron diversos diagnósticos, propios o llegados desde el exterior, se zarandearon unas cuántas soluciones. Infortunadamente, hasta hoy se había avanzado muy poco, más que nada en los pronunciamientos, suerte de repiqueteo de consensos verbales, y en la acumulación de reuniones e informes.
Sin embargo, ahora andan todos haciendo múltiples cosas para desanudar el problema y se advierten los primeros resultados.
¿Qué ocurrió?
Sencillo. Los argumentos para diferir decisiones se fueron al reverendo carajo. Bastó que el presidente Vázquez dijera «¡ya!», en clara demostración de quién manda, para que se produjese el cimbronazo: «Las cuestiones teóricas, doctrinarias y de procedimientos sobre el tema carcelario deben dejase para más adelante, y adoptar soluciones quirúrgicas».
Lo que se hará en esta primera etapa ya se sabe. No insistiré al respecto.
Diré, sí, que ha sido la prueba del nueve, una más, por si faltaran, de que sólo Vázquez, quien tiene ese estilo tan personal, tan pragmático y a veces autoritario y sorpresivo, escapa con cierta facilidad sin importar lo rodeado que esté de las redes de la burocracia que, en cambio, atrapan con facilidad al resto.
No se trata de lo que a uno le parece, o de cómo uno quisiera que fuera el mundo. El ha estado siempre dispuesto a asumir los riesgos y hasta los costos políticos. Y nadie puede decir que le haya ido mal.
Es como el Chiquito Otegui cuando para la mano en el boliche: ¿Quieren vino de la casa? ¡Vayan a pisar uvas al latón del fondo!
Qué tipo realista.
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