Maldito juego
«Tengo ahora quince luises de oro y he comenzado con quince florines. Si se empieza con precaución… ¿Es posible que yo sea tan niño? ¿Es que no comprendo que soy un hombre perdido?».
Esta frase forma parte del párrafo final de «El jugador», la clásica novela de Fiodor Dostoievsky, un retrato descarnado, casi feroz del deterioro de una persona por causa de la adicción al juego por dinero.
Sin embargo, la ludopatía es aún una enfermedad de la que poco se sabe y menos se habla en Uruguay. Se dice que faltan especialistas para su tratamiento y que los grupos de apoyo hacen esfuerzos aislados. El riesgo latente es que alguien se desbarranque y que el diagnóstico llegue demasiado tarde.
Es extraño que una administración que expande el juego por dinero cada vez con mayor énfasis y dedicación, como si de ello dependiera su supervivencia presupuestal, se haya mirado al espejo y dicho: «No, está mal, algo hay que hacer». El calificativo extraño lo he usado a propósito, porque si bien esa reacción positiva ha ocurrido, su alcance es virtualmente ínfimo: se creará, con dineros de Casinos, sus socios y otros responsables privados, una clínica para tratar al ludópata.
Si la experiencia ha probado que son muy pocos los enfermos que buscan ayuda, ¿cuál será el método para identificarlos y llevarlos a la clínica? Los adictos al juego, como los adictos al alcohol o a la droga, suelen negar la verdad. Peor aún: la extirpan de su mundo consciente y apelan a tretas increíbles para engañar a los demás y engañarse a sí mismos, aunque en las fases terminales su mera apariencia y su comportamiento los delate.
Pero, claro, en fase terminal son difícilmente recuperables.
Pese a todo, es plausible la preocupación surgida. Sólo dudo de sus resultados. A mí juicio siempre será más saludable para la sociedad que el juego por dinero disminuya hasta su desaparición, o al menos su contracción radical, por utópico que hoy esto pudiese parecer.
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