Obscenidad
La revista «Forbes» ha publicado su lista actualizada de los hombres más ricos del planeta.
Tanta riqueza en manos de tan poca gente es una obscenidad.
En realidad, no se trata de que Bill Gates tenga cuatro mil, cinco mil o seis mil millones de dólares en el bolsillo, en una caja fuerte en su mansión o depositados en cuentas de paraísos fiscales. Esa fortuna, como otras, se desparrama en empresas que dan trabajo a cientos de miles de personas, en tecnología, en inversiones diversas, en propiedades y en la compraventa de acciones.
Hay, incluso, algunos de estos millonarios al cuadrado que hacen obras de beneficencia, ayudan al desarrollo de las artes a través del mecenazgo y apoyan económicamente variados emprendimientos sociales en el mundo. De todos modos, eso jamás ha alcanzado para resolver el problema de la miseria ni de la marginalidad de miles de millones de personas. ¿Cuál ha sido el obstáculo? Pese al tamaño de tales fortunas, no ha habido esfuerzos para sumar y coordinar. Lo ha impedido el afán de competición.
Es que los ricos hacen todo en soledad. Están llenos de miedo de que los demás penetren su intimidad, de perder el poder, de quedar expuestos.
Tanta riqueza entre tan pocos no sólo es una obscenidad sino una perversión desde tiempos inmemoriales; quizás parecen ahora más conmovedoras y repulsivas por la magnitud de las cantidades.
Está claro que no se trata de guillotinar ricachones para quedarse con sus morrales, ni de asaltarles asumiendo el papel de Robin Hood.
¿Cuál sería entonces la fórmula? Estoy persuadido de que la verdadera cuestión es la distribución justa de la riqueza. Ignoro si hay otro medio más idóneo a tal fin que un régimen tributario equitativo. La cosa es estar seguros de que se lo tiene, de que no se sigue dando ventajas.
Porque, como sentenció con brutal realismo el abate Pierre, «siempre habrá ricos, pero deben ser generosos; siempre habrá pobres, pero no deben ser mendigos».
Compartí tu opinión con toda la comunidad