El Hugo
Hugo Nantes fue un gran artista. Aún jovencito coqueteó, tomó copas e intimó con la audacia creativa, la imaginación, el genio. Todo se hizo suyo. La naturaleza lo había bendecido con el poder de la seducción y del trabajo.
Del artista han hablado otros, con más propiedad y mejor. Prefiero ahora recordar al amigo.
En muchos sitios, pero particularmente en San José, hay cuadros bellísimos de Nantes por todas partes. Los regalaba. Le bastaba visitar a alguien y ver una pared vacía o verla a través de una ventana abierta mientras paseaba- para decir: -Che, ahí falta un cuadro. Mañana te mando uno.
Su generosidad hasta el desprendimiento fue parte de su idea del arte y de la sociedad; siempre entendió su trabajo, él, ateo de primera hora, como un acto de fe y de gratitud. Fe en la grandeza del ser humano, que puede hacer cosas que dicen otras cosas; gratitud porque aceptó que esas cosas, ese arte, no podían ser propiedad de un iluminado sino de todos.
Su legado, un desgarramiento: aprehender lo posible de la compleja e imperfecta vida e incitar a los demás a reflexionar, ya frente a la belleza, ya frente a la fealdad.
Su sentido del humor, sorprendente, fue compasión, piedad pura, un abrazo fraternal al que sufre o al que ríe sin saber por qué. Lo conocí hace muchos años, yo adolescente, cuando era capaz de montar sobre sus fornidos hombros a Ercilio Greno, docente flaco e intelectual finísimo, y correr por 18 de Julio a un sacerdote avistado a la distancia, pidiéndole a gritos «una medallita para este pobre pecador», con su amigo manoteando allá arriba y ahogándose en la protesta.
La obra de Hugo late, llama y provoca todavía. Su bella humanidad fue regada a raudales sobre nosotros.
Mi tristeza es infinita. Sólo sé que mientras yo viva, él vivirá en mi recuerdo: «Cuando dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser; y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, entre la nada y la pena, elijo la pena».
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