Goyo, goyito
¡Qué peripecia la del Goyo! Podría ser el protagonista de una obra teatral de humor negro, de estilo sarcástico y repugnante.
Lo están sacando seguido, debidamente esposado y expuesto al público, para pasearlo por los juzgados. Tiene tantas causas pendientes que probablemente no haya magistrado libre de su desagradable presencia.
Pero él, fiel a ese pacto mafioso que viejos y deshonrados militares una vez acordaron, miente o aduce falta de memoria o de conocimiento de los hechos.
Será así hasta el final.
Quiere morir cayendo de espaldas y con las botas puestas, aunque ya se las hayan sacado del armario.
¡Qué indignación social!
Quizá muchos imaginen a este tipo, responsable de las barbaridades más grandes que sobre el país se desplomaron, divirtiéndose y faltándole el respeto a la Justicia, con ese porte de mediocre soberbio con olor a bosta me permito parafrasear a Sarmiento con cierta licencia, como una forma más de burlarse de la Ley.
Sepa, lector, que he preferido otra teoría, nacida del espíritu cínico y algo perverso que todos llevamos en nuestra mismidad, para pensar una realidad distinta: ¿Y si esos paseos, ese entrar y salir de sedes penales, expuesto al desprecio corrosivo de la gente, le ha aumentado la gastritis, la arritmia, las hemorroides?
Sólo hay que aprender a escrutarlo detrás de la máscara. Hay que aprender a creer que está sufriendo, que está pagando. Hay que aprender a respetar a la naturaleza, que pronto se lo llevará, sin botas, sin honores y sin eludir el repudio de la sociedad. Hay que aprender todo eso, por muy poco cristiano que parezca. Ayuda.
¿Habrá sentencia? ¿Será la que se espera? El tiempo pasa. Juguemos con la imaginación: ¿Y si su cabecita criminal no pudiese olvidar nada, ni un mínimo detalle del terror, convertido en Funes, el memorioso, quien, según Borges, lo recordaba todo, retorciéndose en la cama donde quedó postrado, hasta que murió de una congestión pulmonar.
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