¿Cuál cultura?
Hemos criticado uso el plural porque en esta cruzada lejos estoy de la soledad a la burocracia. Es, sin duda, el mal mayor contra el cual hay que librar la más grande de las batallas.
Sin embargo, ¡cuidado con descuidar al resto de enemigos que han penetrado nuestras defensas! Por ejemplo, el corporativismo en casi todas las actividades importantes para la sociedad: la política, la economía, la salud, la educación, el sindicalismo, el deporte y tantas otras.
Pero ahora quiero reflexionar acerca de su influencia en la cultura, entendida ésta como el acceso de los ciudadanos a las artes.
Afortunadamente, quedó atrás, en la oscuridad del disparate, aquella concepción elitista de cultura sintetizable en una frase de Mayra Mannes: «Conozco personas que han concurrido a conciertos todas las semanas de su vida y dicen amar la música, pero no podrían distinguir Bach de Haydn». Y recuerdo que Randall Jarrell sintió vergüenza por lo que llamó «espantosa cultura de supermercado».
Todos deben acceder a las artes. Para aumentar el número de consumidores, la cultura ha de promover ópera y ballet pero también tango y rock, y artes plásticas y literatura tanto como carnaval o teatro experimental en los barrios. Otra cosa es el refinamiento del gusto y el conocimiento de cada uno del arte que ama.
Pues bien, hoy que todos los políticos, en plena campaña, hablan de desarrollar la cultura, sería buena cosa que advirtiesen el peligro de los corporativismos. Ninguno tiene crédito para hacerse el distraído.
Una política cultural hacia el futuro, planificada y ejecutada democráticamente, ha de alejar vicios que aún respiran en la nuca del Estado o en sus axilas: el favor a los amigos, la exclusión de ciertas actividades por falta de inversión publicitaria y la excesiva autonomía de determinados actores caso de las intendencias que impide una coordinación nacional y más eficiente.
Los que están en esto todos saben de qué hablo.
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