EXITO EDITORIAL

En estos primeros días de marzo llegó a nuestras manos un extraordinario libro. Se llama «Alimentos en la Huerta ­ Manual para la producción y consumo saludables».

Vino como obsequio de sus «dueños» (INIA, Organización Panamericana de la Salud, Universidad de la República, Unión Europea, Ministerio de Vivienda y Mevir). Y de sus editores: Roberto Zoppolo, Stella Faroppa, Beatriz Bellenda y Margarita García.

Quiero denunciar además que, apenas hojeado, me lo pidieron, exigieron, y hasta quisieron hurtar, en nuestro Despacho del Senado. Eso pasó también en el seno familiar y, lo mismo, cada vez que lo mostré.

Gente de variados ámbitos y niveles adquisitivos, pero muy especialmente humilde, lo aprobaron acaloradamente.

Vayan nuestras felicitaciones a quienes produjeron tan buena obra.

No lo hemos podido estudiar en detalle pero basta con examinarlo medianamente para saber que estamos ante una herramienta formidable.

No importa que alguien diga mañana (eso en el Uruguay es un dato totalmente esperable) que se podría haber hecho algo mejor y que el libro adolece de tales o cuales errores o carencias (dejaríamos de ser Uruguay si faltara el ordinario exabrupto ante cualquier obra buena). No faltará tampoco la ácida crítica de ultra que lo denuncie como imperialista ya que en el INIA hay un delegado de la Asociación Rural y otro de la Federación. Es típico y folclórico.

Lo cierto es que viene a cubrir el vacío dejado por uno de los libros más populares y leídos del Uruguay: el Almanaque del Banco de Seguros gracias al que muchísima gente (en especial la más humilde) se hizo y hace la casita, el horno, la estufa, la huerta… Del que hoy conocemos viejas ediciones guardadas como un ajado tesoro bíblico en los, a pesar de todo, tibios rincones íntimos de muchísimos hogares pobres (que son la inmensa mayoría). Se venía notando esa falta sustituida a duras penas con fotocopias también ajadas, solidarias y muy diseminadas.

Uno no sabe si llamarlo libro porque sospecha que mucho mejor sería llamarlo mano tendida, tabla de salvación, respeto por los demás, clarividencia o, en suma, una de las más altas expresiones de cómo enseñar a pescar en lugar de regalar peces. Con la sencillez del Evangelio, mérito nada menor de quienes supieron escribir, dibujar y fotografiar las más grandes y complejas tecnologías pero a ras del suelo; aterrizadas para que toda ciudadanía pueda comprenderlo y ponerlo en práctica con, también, recursos e insumos al alcance de cualquiera. Este libro es eso: una herramienta.

Sin quererlo, como quién dice sin saberlo, instala una grave interpelación pública. Así lo sentimos. Porque de sus doscientas páginas de fácil y muy provechosa lectura surge hasta romper los ojos, por un lado la espléndida generosidad de nuestra tierra y, por el otro, que con muy poco de ella es difícilísimo en este país pasar hambre. Da para creer o reventar.

Como así también qué fácil es con muy poca cosa, nada más que ingenio, usar bien ese maternal suelo, para no lastimarlo, pudrirlo, enfermarlo o a la postre matarlo. Para poder seguir contando con ese regalo para siempre. Incluso mejorándolo.

Creemos que es por eso, una aguda intuición, que al libro, cuando lo ven, lo quieren. Y lo quieren personas insospechables. Personas que deseaban hacer lo que el libro dice pero no sabían cómo ni tenían dónde averiguarlo. Recibimos decenas y vamos llegando a la centena de pedidos apremiantes. Ayer, sin ir más lejos, nos «atropelló» una selecta delegación de pescadores artesanales alarmadísimos por el Decreto que les prohibe pescar a menos de trescientos metros de la costa justo cuando, como una clarinada de esperanza para sus familias, van llegando como hace siglos a nuestras costas las lisas, las pescadillas y los pejerreyes de lomo negro que estarán en ellas como hasta julio, justo cuando, como si Dios fuera pescador (que lo era), comience a llegar la corvina que se quedará entre nosotros hasta noviembre más o menos.

El ciclo vital de la simbiosis entre hombres, mujeres, niños y animales se cumple religiosamente (con cambios dramáticos y artificiales por el calentamiento global y la alevosa contaminación).

Cuando sin querer vieron el libro, lo exigieron perentoriamente. Hasta con improperios como por ejemplo el de que si no se lo dábamos éramos algo que no se puede escribir en un diario. Porque no debe haber cosa naturalmente tan complementaria en nuestras costas lacustres, fluviales y marítimas, como la de un pescador y una chacrita (o una huerta por lo menos). Porque la hay entre los peces, los vegetales, y ciertos animales de tierra muy golosos (como el gato), palmípedos o no, con alas o sin ellas (como el chancho o el ser humano ambos omnívoros). Todos ellos simplemente oliendo, andarían en caravana detrás de una barca. Y andan: como las gaviotas y los lobos de mar (que hoy son una nueva especie de empleados públicos).

Sin embargo, gran parte (vísceras y otros increíblemente llamados en Uruguay «desperdicios» del pescado) se despilfarran a extremos tales que, viendo a una columna de disciplinados turistas japoneses hace dos veranos, observamos sus gestos, gritos ininteligibles con todas las manos agarrándose la cabeza (en especial los viejitos y las viejitas), cuando parando de sacar fotos vieron lo que se tiraba a la basura: en ese momento nosotros les sacamos fotos a ellos cuando así expresaban nuestra, parece que insuperable, minusvalidez neuronal. Para ellos, aquéllos humildes pescadores artesanales abandonados a la mano de Dios, parias del Uruguay Productivo, productores como pocos, eran en realidad millonarios como Soros pasando un rato de divertimento. Porque no les cabía ni les podía caber tamaño despliegue de riqueza despilfarrada.

Podríamos decir lo mismo respecto de muchas otras actividades humanas.

Hoy andan, traqueteando entre polémicas y críticas, algunas instituciones del Estado que no dan pie con bola porque viven jaqueadas en problemas que aparecen como «insolubles».

Es bueno destacar que, sin embargo, también hay otras de las que pocas veces (por no decir nunca) se habla, porque no sólo no tienen problemas sino porque andan bien. En este caso que venimos comentando: el INIA.

Por fin: nosotros creemos que este libro debe ser distribuido en forma gratuita y en masa. Como el Plan Ceibal. O como el Plan Cardal. Porque las tres «cosas» son parte de una.

Nuestras más calurosa felicitaciones a todas y todos quienes hicieron posible este «milagro» tangible.

|*| Escritor, senador  de la República.

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