¡Ay, qué divino!
El fútbol uruguayo llamado profesional no lo es en absoluto, si uno usa ese calificativo sin hacer el ridículo.
Ese fútbol sufre un desorden patológico, coquetea con la absurdidad cada día y carece de una organización seria, autoridades responsables y estabilidad moral.
Ese fútbol expone, además, una pobreza deportiva ambulante a veces disfrazada con ropas fosforescentes por gran parte de una prensa especializada mendicante.
Pero no aburre. Ah, no aburre, no. Al contrario, es divertidísimo y tiene la rara virtud de rodearse de exhibicionistas, en ciertos casos exquisitos.
En ese rodeo dicen que han soltado a Susana Giménez, con todo lo que significa soltarla en cualquier parte. Aparentemente, su novio uruguayo, amigo de los cerebros de la operación, la persuadió de invertir unos dinerillos en la compra de «un paquete» de futbolistas juveniles de Nacional. ¿Qué puede hacerle una mancha más a la tigresa que le pagó diez millones de dólares a un vividor al cual le rompió la nariz con un cenicero? La gorda, como algunos irrespetuosos la llaman ahora, banca lo que venga. ¡Es tan difícil el amor! ¿Quién no entendería que pague por él, cuando pena por los años y el desplome carnal y ya no la pueden estirar más porque se va a quedar sin orificios?
¡Qué divino! ¡El indigente fútbol uruguayo sentado en el living de la diva obesa, junto a los enanos, los come vidrio y los contorsionistas! ¡El presidente de Nacional tratando de exhibir su perfil más favorable cosa complicada, pobre Alarcón en las tapas de las revistas de la frivolidad!
Ojalá se haga, lector. ¿Imagina la diversión?
Pensándolo bien, ¿y si el Ministerio de Turismo y Deportes le entra al fútbol por ese lado? ¿No sería una delicadeza, un toque sublime y una forma de hacer historia atraer a otros inversionistas como Susanita?
Giordano o Pancho Dotto, por ejemplo.
Bueno, me fui al carajo. Esos tipos no, porque para sacarles un mango hay que meterles picana.
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