La gran guerra
Los dos actos que determinan el éxito de la comunicación humana, sobre todo cuando refiere al respeto por los pactos sociales –y hay que tener en cuenta que allí palpita la política–, son la enunciación y hechos consiguientes que la confirmen.
O sea, cuando se dice una cosa y luego, tras un proceso preferiblemente breve, se hace lo necesario para convertirla en realidad.
Pero, qué pena, en este bendito país rara vez pasa así. Es que entre la enunciación y los hechos suele meter la cola, desde tiempos lejanos, una termita destructiva que se come todo salvo las palabras, a las que usa como oxígeno de reserva, obligando a su continua repetición, mientras ella agujerea y reduce a puro aserrín las acciones que algunos intentan.
Esa termita es la burocracia y contra ella hay que librar la gran guerra.
El día que se entienda que tamaño isóptero lleva en sus entrañas, como la serpiente al huevo, también a la corrupción, quizás la política cambie y deje de convivir con ella; será cuando esa política admita que la burocracia y su hija predilecta, la corrupción, amenazan su propia supervivencia. Es decir, la del Estado.
Este largo y fatigoso prólogo me ha sido necesario para, a continuación, lamentar que el cura Mateo Méndez y su equipo hayan renunciado a la labor emprendida en el ámbito más caliente y delicado del INAU.
No es una renuncia cualquiera, ni por el respeto que la personalidad y las ideas de los que se van merecen, ni por las razones que influyeron en un portazo sólo sorpresivo para los distraídos.
El propio Méndez no pudo ser más claro. Aunque no literalmente, dejó en evidencia, una vez más, el perverso trabajo de la termita.
Ya se habla de sustitutos. Ciertamente, es obvio que hay que nombrarlos, pero si sólo se hace eso se habrá perdido otra batalla de la gran guerra. Seguirá reinando la burocracia, solapada, cínica, poderosa, siempre hambrienta, tragándoselo todo para que todo, vaya paradoja, siga igual.
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