La revelación
¡A la mierda el asado pa’l domingo! el Facha Ruiz entró como una tromba al boliche del Chiquito Otegui, sudoroso, rojo de rabia, y enseguida pidió una caña con carqueja para serenarse.
¿Qué pasó? preguntó el patrón, sorprendido.
¡Subió otra vez la carne, mago! No alcanzó la guita que juntamo’ y no traje nada. ¿Nos vamo’ a hacer robar por el hijo de puta ése?
¿Adónde fuiste? quiso saber Epifanio.
Recorrí todas las carnicerías y terminé en la del Ladilla, «La nalga traviesa», que la semana pasada había rebajado los precios…
La culpa no es de los carniceros, la tienen los frigoríficos que están de vivos sentenció Epifanio mientras pelaba una banana porque el médico le había dicho que el alcohol, día a día, lo iba dejando sin potasio.
Yo no’stoy tan seguro… aventuró el Negro Collazo. El propio Ladilla me dijo l’otro día, bien en pedo, que’staba’trasado en la’cuota’ del coban y no tenía má’ remedio qu’hacé’ la d’el…
Vos no sos más bruto porque el día tiene veinticuatro horas… -Epifanio se puso muy fiero. Si tuviera un segundo más, eras más anormal… ¡Los carniceros tienen poco margen de ganancia! Los que marcan la cancha son los frigoríficos… Ahí hay que meter la mano bien a fondo.
¿En el orto, pa’ sacar chinchulines? preguntó el Facha, a quien la caña le había hecho un horroroso efecto.
Epifanio lo miró y no se dignó contestarle. A cambio, ya consumida la banana, pidió un rosado de la casa con cáscaras de pelón.
De pronto, todos miraron a Ruedita: movía la cabeza, lagrimeando, sin tocar la grapa con glicinas secas que había pedido.
¡Dió’ me contó la verdá’! dijo, al fin.
¡¿Qué?! la pregunta, a coro, sacudió las chapas del techo.
L’otra noche tuve’n sueño fulero… ¡La’ vaca’ volaba’! ¡Fue’na revolució’!
¡Revelación, apopléjico! le espetó Epifanio, sin compasión.
Se’gual… ¿No t’avivá’? ¡Llovió y la’ vaca’ se fuero’ pa’rriba!
Enseguida, unió las manos y rogó: ¡Taba, vo’ que podé’, ‘cela’ bajá’, ‘cela…
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