El pudor
Afanado por descubrir nuevas propuestas a los turistas, el país se encamina a desarrollar una actividad común en otros sitios: la visita guiada por sus cementerios.
Caminar las grises y sinuosas callecitas interiores; observar los árboles frondosos y protectores que parecen negar a la muerte; detenerse ante algún panteón, sea para recibir información sobre la personalidad cuyos restos allí reposan, sea para admirar el estilo de construcción; y, al fin, fotografiarlo todo, incluso será así aunque los responsables traten de evitarlo- el abandono, el deterioro y hasta esos indiferentes gatos que duermen u observan aburridos, entre las sepulturas, el inesperado movimiento.
Eso es lo que va a pasar.
Una frase de Milan Kundera, de su ensayo «Los testamentos traicionados», resume mi sentimiento: «Ah, qué fácil es desobedecer a un muerto».
El muerto no habla, no concede ni niega, no protesta. Se decide por él y no son sus familiares o amigos. Como está ahí, en un lugar municipal, otros lo harán con un fin de lucro. Ciertamente no es ilegal, y hasta creo que quienes idean este turismo de necrópolis cuidarán que las recorridas sean respetuosas.
Sé que muchos lo aceptan y a otros no les disgusta o no les interesa. Yo siento que, una vez más en estos tiempos llamados modernos, se viola el pudor. Vuelvo a Kundera: «…lo privado y lo público son por esencia dos mundos distintos (…) y la cortina que separa esos dos mundos es intocable». A mi juicio, la divulgación de la intimidad del otro »en cuanto se convierte en costumbre y norma», dice Kundera- es filosóficamente repulsivo.
Es que también debe haber una intimidad para los muertos.
Entiendo, claro, el interés de extraños en visitar, por curiosidad o veneración, la tumba de grandes hombres y mujeres cuyos actos hicieron que su recuerdo venciera al tiempo y fuese historia.
Pero aun en esos casos siento que se desobedece al muerto y que se levanta la sagrada cortina del pudor.
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