El liceo
Hay una verdad dolorosa que no sé si la nueva ley de educación podrá disolver: hoy la escuela es más motivadora, creativa y moderna, aun con sus carencias a cuestas, que el liceo.
Esto hace que el desamor por la enseñanza secundaria se extienda, tanto como se achica la ya pobre capacidad formativa de este ámbito pedagógico. Cuando el niño salta al sitio del adolescente se sorprende y lo conmueve y desajusta la frustración. Ahí empieza el quiebre de un sistema que debería ser integrado, global, desde el nivel preescolar al nivel terciario. Afortunadamente, se están tomando algunas medidas cuya utilidad es indiscutible, más allá de que no sean la solución final.
Habrá un control inteligente del ausentismo de los profesores y se buscará su estabilidad en cada liceo al menos por tres años.
Me permito introducir aquí un punto y aparte: quienes se han opuesto históricamente a esas medidas, y hay indicios de que lo siguen haciendo, son los docentes agremiados, cuyo poder, en el nuevo esquema creado por la ley de educación, aumentará. No es una cuestión menor y habrá que tenerla en cuenta. Ahora bien, lejos de mí inducir a una cruzada contra los profesores. Creo que están equivocados en esa actitud, pero tienen razón cuando exigen una mejor formación y un salario digno. Su pauperización -en ambos aspectos- es un terco, incontrovertible dato que condiciona el futuro que se ha imaginado.
Finalmente, ¿qué ocurre con los planes o programas?
Seguiré insistiendo en que están alejados de la realidad y parecen ignorar los constantes y veloces cambios en el mundo de la ciencia, de la técnica y hasta de la filosofía. Si la nueva escuela debe ser el microcosmos en que el niño se instruye para ayudar a crear una auténtica comunidad, el liceo no puede abandonar su calidad de puente hacia una educación que, concluida en la universidad, estimule el equilibrio entre la iniciativa individual y el comportamiento social constructivo.
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