Gruyere
Vivo en el centro de Montevideo. Hoy me angustia la duda de si tomé una decisión inteligente mudándome aquí. La razón, como enseguida comprobará el lector, es muy sencilla.
Soy impresionable, qué le voy a hacer. Cada vez que salgo a caminar me aterroriza el parecido que esta zona ha ido adquiriendo con Bagdad. La mayoría de sus calles y veredas está agujereada como un queso gruyere. Amigos que me quieren, insisten en que sufro de paranoia, y que esos agujeros son el inicio de trabajos para mejorar diversos servicios públicos.
Inicio raro, en todo caso, porque es permanente.
En fin, puede ser que mi mente no responda bien a ciertos estímulos exteriores eso es probable, lo lamento pero debo decir, en mi defensa, que la observación de otras zonas de la capital confirma el mismo escenario. Pozos grandes y chicos, escombros, tierra y señalizaciones a granel.
¿Es mi paranoia o es un problema real y gigantesco de mala o nula coordinación?
En una parte de «la línea de mando», por decirlo de un modo que permita el humor y le quite dramatismo a la cosa, hay una falla. ¿El chasque demoró porque fue atenazado por una diarrea o la burocracia, tan golosa, se comió el telegrama?
Alguien digamos OSE, UTE, Antel o Montevideo GAS decide agujerear y no coordina con la Intendencia, responsable del estado de la ciudad, las características de su trabajo ni la duración, por lo cual puede destruir veredas o calles que habían sido recién reparadas. La sensación es que cada cual hace lo que quiere y cuando quiere, sin atender más que su propia necesidad u obligación con los ciudadanos. Mientras tanto, uno, al salir a la calle, se introduce en el mundo de un Charles Manson de taladro, pico y pala, y debe vestirse de equilibrista para sobrevivir.
En fin. ¿Hay que conformarse? Entonces digo que este es un asunto viejo. ¿Será imposible de resolver, de igual forma que nadie ha podido impedir que Ruedita empiece a chupar a las ocho de la mañana?
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