LA COLUMNA AMARILLA (Tercera época)

La cultura

¡Ah, aquellos bellos tiempos en que disfrutábamos de abonos para largas temporadas de música, de danza, de canto! ¿Adónde han ido a parar? Los llevó la corriente de la mediocridad, azuzada por el desinterés del Estado y, sobre todo, de la política.

A ellos quiere volver Azucena Berrutti, flamante presidenta del Sodre. Lo ha dicho de modo primoroso, al recordar el aporte a la cultura que, en ese sentido, hizo el organismo en sus tiempos de gloria.

Si bien he incurrido en esta precisión más de una vez, parece sensato repetirla: este concepto de cultura no es el antropológico, sinónimo de sociedad ­el conjunto de hábitos comunes que en un momento histórico construyen una identidad­, sino el del gusto por las artes.

Aunque Berrutti no lo haya aclarado, prefiero suponer que piensa en unas artes que sean parte orgánica de la sociedad, como postulaba Alvin Toffler; es decir, que sean incorporadas a la vida de todos. El personaje Leverkuhn, en «Doctor Faustus» de Thomas Mann, dice: «El arte estaría completamente solo, solo hasta la muerte, de no hallar un camino hacia el pueblo o, para decirlo menos románticamente, hacia los seres humanos»; cuando ese camino uniese al arte y al pueblo «habría una comunidad ligada por mucho más que la educación, una comunidad que no tendría una cultura sino que sería una cultura».

Como no hay dos personas igualmente dotadas de inteligencia, capacidad de abstracción y talento para la fantasía ­es la teoría de Toffler­, la apreciación de las artes y las preferencias son diversas. El mejor camino es abrir lo posible el abanico de opciones para evitar exclusiones; cualquier persona normal, sensible, si se le dan oportunidades, puede ir ascendiendo hasta la categoría de especialista. La meta es una suerte de «cultura media» superior a la actual.

Magnífico objetivo, ciertamente. Pero, claro, sólo se escapará del mero enunciado si hay recursos para planes sostenibles. O sea, voluntad política.

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