El huevo
Hay gente que vive con el huevo en la boca. Hoy ha de sentirse feliz, enterada de la sorpresiva reivindicación de ese producto gallináceo: según los últimos estudios, no es malo, sino todo lo contrario, comer unos cuantos huevos a la semana.
La celeridad con que la ciencia produce novedades acerca de la alimentación humana y sus consecuencias muchas veces induciendo a la confusión cambia el negro en blanco de un día para otro.
Ahora resulta que el tipo puede comer un hermoso huevo por día sin agredir a su organismo.
¡¿Cómo?! Así como se lee.
Ocurre que se presumía una relación directa de su consumo con los niveles de colesterol, basada «en el error de que el colesterol que comemos se convierte de inmediato en sanguíneo» y en la ignorancia de que el huevo «no contiene niveles altos de ácidos grasos saturados ni calorías».
¡Mira tú! ¿Así como así?
Bueno, si nos decidimos a creerlo habrá que aprestarse a rever unas cuantas bibliotecas médicas y, quizás dependerá de cada uno, pues supongo que ciertos fundamentalistas no se plegarán, recorrer góndolas de supermercados a la caza de los mejores huevos que podamos conseguir.
¡Quién lo hubiera dicho! Imagine lector a Ricardo III sustituyendo su histórico ruego y gritando, desesperado: «¡mi reino por un huevo!».
Pero sobrevive un problema: Ruedita. Sería un error tomarlo a la broma, porque en estos tiempos de auge democrático está mal discriminar a alguien y todos deben saber de qué se trata. Y me preocupa porque puede que no hallemos la forma adecuada de explicarle lo que ha ocurrido y que lo comprenda. Es que tan distinguido habitué del boliche del Chiquito Otegui sólo ha conocido dos clases de huevos: el que se come, en su caso frito y sin reventar, y el testículo humano, con el cual, según ha dicho, pueden hacerse diversas cosas.
No será fácil hacerle entender que esta reivindicación no debe estimularlo, cada vez que discuta con otro, a gritarle «chupam’un güevo».
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