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EL TERRORISMO GLOBAL

Presuponiendo que la mirada internacional seguiría posada dilatadamente sobre la masacre de la Franja de Gaza ­no sólo por su carácter monstruoso sino por la desaprobación de la opinión pública­ me propuse, desde dos domingos atrás, construir una tipología ad hoc del terrorismo en sus diversas variantes que hoy concluiré con lo que denomino terrorismo imperial.

Si bien atenuada, la barbarie en Gaza continúa sin más beneficio de inventario que la muerte de inocentes mientras la mirada pública está hoy perdida, desenfocada, dispersa: extravió la atención en el detalle, anestesió el nervio óptico y con ello la indignación moral. Otea inerme y aletargada, como ya sucedió con otras guerras de ocupación actuales. Para la prensa, ni Irak ni Afganistán son más que una mera rutina contable de vidas civiles cegadas y de «excesos», a la sazón impunes.

Sin embargo, otras cuestiones mayoritariamente incruentas ­algunas esperanzadoras, aunque polémicas­ también merecen atención. Por un lado, las transformaciones constitucionales que tienen y tendrán lugar en América Latina, como el referéndum de hoy en Venezuela (al que mi colega y amigo Heinz Dieterich dedicó una contratapa en este diario, con conclusión previsible pero apoyada en fundamentos desconcertantes). Por otro lado, la deseable recolección de firmas para el referéndum revocatorio de la ley de caducidad en Uruguay.

Pero volvamos al propósito original, ya tratados el terrorismo de estado y el terrorismo individual los domingos anteriores. Las características de este otro tipo de terrorismo al que llamo imperial están definidas por:

1) La globalización de su alcance, es decir, la pretensión de extender su dominio al mundo entero mediante invasiones y masacres aterrorizantes con la instalación de bases militares y campos de concentración en cuanto país le sea posible.

2) El ejercicio del bloqueo económico, o la pretensión de ejercerlo por medios diplomáticos, políticos o militares diversos.

3) El boicot diplomático a toda iniciativa de respeto por el derecho internacional y por la constitución de instancias jurídicas internacionales con competencia en delitos de lesa humanidad y la asimetría en el ejercicio de derechos en general.

4) El apoyo a la construcción de grupos guerrilleros y/o terroristas (en la clasificación del terrorismo individual expuesta el domingo pasado), además del apoyo a los estados terroristas aliados.

Sus principales exponentes son obviamente EEUU e Israel, pero no deben excluirse dentro de esta categoría los principales integrantes de la OTAN, que por acción u omisión participan y alientan este ejercicio de la violencia internacional. Tras la guerra fría y la consecuente desaparición de la bipolaridad, el camino hacia la «guerra caliente» quedó allanado con la excusa de la lucha contra el terrorismo (individual en nuestra clasificación). La excusa es el punto de partida aparente, aunque su causa última es la ausencia de contrapeso geopolítico posterior a la caída del muro de Berlín, es decir, la unipolaridad.

Prefiero esta caracterización a la popularizada por Tony Negri y Michael Hardt en su libro «Imperio», según la cual la soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una única lógica de mando, una nueva forma global de soberanía. Esto no le resta mérito a estos autores en la consideración de la declinación de los estados-nación, ni tampoco es despreciable su consideración de las nuevas dinámicas descentradas y flexibles de explotación por el capital, el nomadismo poblacional, ni su control biopolítico. Pero la dinámica militar, exacerbada luego del 11-S, difiere enormemente de los relatos del historiador Polibio y su resistencia es mucho más compleja que un sorpresivo estertor rizomático. Más próximo me encuentro a la descripción que Slavoj Zizek plantea en su libro «Irak: La tetera prestada», en el cual hipotetiza que su propósito es la acción a nivel global pero sobre los intereses de nivel local, de un estado-nación o de una alianza de ellos.

Fue la administración Reagan quien sostuvo que la guerra contra el terrorismo internacional sería el núcleo de la política exterior estadounidense y desde entonces así se despliega. Zygmunt Bauman en su último libro, «Tiempos líquidos», analiza como antecedente la experiencia alemana de represión de la fracción del ejército rojo, destacando la capitalización política del miedo, táctica que se acompaña con el asalto neoliberal al estado social: «Es de suponer que la función manifiesta de aquellas nuevas medidas del orden (alemán), restrictivas e inflexibles, que consistían en erradicar la amenaza terrorista, desempeñaba de hecho un papel secundario respecto a su función latente, que era intentar desplazar los fundamentos de la autoridad estatal de un ámbito sobre el que el estado no podía, no osaba o no pretendía ejercer un control efectivo, a otro ámbito en el que su poder y su valor a la hora de actuar pudiesen demostrarse espectacularmente y recibir el aplauso casi unánime del público. El resultado más evidente de la campaña antiterrorista fue el rápido incremento del miedo que se expandió por toda la sociedad. Por lo que respecta a los terroristas, el blanco declarado de la campaña, los acercó más de lo que jamás habían soñado a su propio objetivo: socavar los valores que sustentan la democracia y el respeto a los derechos humanos».

Describamos brevemente cada parte constitutiva del terrorismo imperial:

1) La política de ocupación consiste en el despliegue de un estado terrorista, tal como lo definimos oportunamente, cuando no existen condiciones para que este último se desarrolle de manera endógena sobre la base de fracciones nacionales aliadas. Comienza por la toma militar del poder político, aunque suponga el uso de títeres nacionales (con el consecuente control del territorio y sus fronteras), de los recursos económicos, de las fuerzas represivas y la justicia para enghettar a las poblaciones y someterlas, ejerciendo el asesinato, la tortura, el encierro, la suspensión de garantías y derechos, e inclusive la desaparición y la ejecución clandestina. Lo que lo diferencia del estado terrorista es que éste es ejercido directamente por el terrorismo imperial cuando no puede ser operativizado por estas fracciones nacionales. Zizek hipotetiza que el ideal de los EEUU consistiría en una suerte de tercerización de esta tarea, algo así como la traspolación político-militar de la práctica económica de las maquilas, donde todo el trabajo sucio se hace en la periferia o el exterior con responsabilidad de terceros. Arabia Saudita o Kuwait son monarquías aliadas brutalmente conservadoras y represivas que aseguran la provisión de petróleo y que por tanto no requieren de este tipo de intervención… mientras no se democraticen o modernicen.

2) El bloqueo económico es una estrategia terrorista en virtud de que su objetivo es el padecimiento de la población civil. Su propósito es un genocidio silencioso. Es paradigmático el caso cubano, que no se convierte en genocidio gracias a las políticas distributivas del régimen en materia alimentaria y sanitaria. Pero también, ya antes de que la OTAN invadiera Afganistán, entre 7 y 9 millones de personas sobrevivían gracias a la alimentación que provenía de la ayuda internacional: EEUU solicitó a su aliado Pakistán que bloqueara la asistencia de víveres desde sus fronteras y ante la amenaza de guerra se retiraron los asistentes sociales internacionales. El resultado es que casi 10 millones de personas se encuentran cotidianamente instaladas en el hambre y la inasistencia si no logran emigrar. Israel hizo lo propio en Gaza con la ayuda humanitaria.

3) Ya hemos referido en otras columnas al desconocimiento de resoluciones de las Naciones Unidas por parte de EEUU e Israel, además del boicot a la implementación de la Corte Penal Internacional. Ya en el año 87, la Asamblea
General de la ONU emitió una resolución general condenando al terrorismo y llamando a cada estado a combatirlo pero a la vez ratificando el derecho a la defensa de los pueblos sometidos al racismo, al colonialismo y la ocupación militar. Obviamente los dos estados terroristas imperiales ya mencionados votaron en contra. El primer tribunal de crímenes de guerra, antecedente de la ­por el momento­ aherrojada Corte Penal Internacional, fue el tribunal de La Haya, que comenzó a funcionar en 2002. EEUU lo aceptó con una esquizofrenia hilarante. Por un lado exigió a Serbia la entrega a La Haya de los sospechosos de crímenes de guerra. Por otro, que firmase un tratado internacional prohibiendo entregar a cualquier ciudadano norteamericano también sospechoso de los mismos crímenes a ese o cualquier otro tribunal internacional.

4) Buena parte de los actuales «enemigos excusa» del terrorismo imperial son antiguos aliados o grupos creados y alentados para combatir o erosionar enemigos entonces mayores. Por ejemplo, ante la invasión de la Unión Soviética a Afganistán, la CIA apoyó y entrenó a los muyahidines afganos, cuya segunda generación se autodenominaría Talibán (estudiosos del Islam). Idéntico apoyo y ayuda recibió Sadam Hussein durante su guerra contra Irán. Algo de eso utilizó Israel respecto a Hamas con el propósito de debilitar a Al Fatah, próximo al presidente de la Autoridad Palestina.

Los tres tristes terrorismos se enlazan espiraladamente para hacer del mundo un río de sangre inocente. Pero su existencia y supervivencia no habrá que buscarla en afluentes circunstanciales, sino en su propia vertiente: en muy pocos estados nacionales precisos y fácilmente reconocibles. De ellos hablamos aquí.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

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