La baldosa
El Casmu parece una baldosa floja. Es fácil que se tropiece con ella, es fácil que se la pise, y que salpique y ensucie, y es fácil que despierte en el tipo común, ése que camina apurado a la búsqueda de resolver su cotidianeidad, una puteada catedralicia.
Esta suerte de metáfora lleva a una pregunta sencilla pero tan vieja como la China Guachapita, curandera de Cañada Grande, e incontestada en reiteración real: ¿por qué no ha sido posible ajustar esa baldosa, pegándola con una buena mezcla de arena y cemento?
Los afiliados a la más grande mutualista del país se desayunaron ayer con un par de noticias que habrán elevado, cuanto menos, su presión arterial: una advertencia dramática del presidente del Consejo Directivo sobre el futuro, el rechazo de esa predicción por parte de los trabajadores que, de paso, acusaron al dicente de malas intenciones, y la confirmación de que el Casmu no presentó aún a Salud Pública el informe sobre la reestructura de su gestión al que se obligó luego de recibir ayuda financiera.
¿Acaso habrá que pensar en la eutanasia para la baldosa floja?
Desafortunadamente, la triste peripecia del Casmu se desarrolla a grito pelado y a golpes de cacerola en medio de la primera etapa de la reforma de la salud. No es una buena cosa. El gobierno, menos que cualquiera, puede mirar hacia arriba, chiflar y sentarse a esperar, conforme con llamados de atención tan sutiles que hacen el efecto de un placebo en un paciente que sabe qué le están dando y guiña el ojo, cómplice, mientras se acomoda en la camilla para dormir una siestita.
La baldosa floja sigue desparramando distraídos en el piso, sigue salpicando agüita barrosa y sigue calentando gente como Peñarol.
Puedo estar errado, pero intuyo que ha llegado la hora de una intervención. De otro modo, esta historia puede terminar como Ruedita aquel día que, en el boliche, sintió la inminente irrupción de una diarrea y salió rajando al excusado.
No llegó.
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