UNIDAD
En las recientes polémicas en torno a la sequía, hubo voces «rurales» que alegaron malamente contra el subsidio al boleto.
En un país desagregado, desintegrado, que le diera por años la espalda al mar, al campo y al subsuelo, al que quién sabe con qué fines se le «sirvió» el veneno de dividir la ciudad del campo, un «argumento» como ese, además de ser pésimo para quienes viven en el campo (suicida diríamos), no hace más que echar leña en aquella fogata que debemos apagar cuanto antes. ¡Uruguay es uno solo!
Y esa elementalidad deberíamos tratar de reconocerla y recuperarla. Alguien o algo la castró.
No hace tampoco mucho que oímos voces urbanas despreciando al campo. Y recordemos cuando un actual candidato a la Presidencia tuvo que decirle «nabo» a un famoso periodista que, oriundo de Cerro Largo, despreció a «las vaquitas».
En realidad ni unos ni otros tienen razón. Ambos esquemas polarizantes están totalmente equivocados.
La población rural desciende en todo el mundo por obra de la tecnología y otros factores. La producción sin embargo crece.
Pero, también por ese mismo fenómeno, la cantidad real de agricultores (en el sentido agronómico más abarcativo) crece tal vez como nunca. Aunque la mayoría de las veces no nos damos cuenta porque incluso hasta cuando somos agricultores no lo sabemos. Un «veneno» nos ha obturado.
No hemos hecho la medición exacta (habría que hacerla) pero la mayoría de la clase obrera industrial del Uruguay es tan agricultora como el peón que recorre un campo a caballo. Ni que hablar, por ejemplo, de los obreros de la carne. Sin ellos sería imposible la ganadería (ni tampoco un churrasco). Tampoco sería posible la agricultura sin los metalúrgicos que construyen y reparan la maquinaria indispensable para los rendimientos que se piden. Sin los investigadores e innovadores que las mejoran e inventan.
La industria química hoy resulta inseparable del agro. La genética y en especial la biogenética. Los obreros del caucho, del transporte, de los silos, de los depósitos, de los puertos; podríamos agregar los textiles y hasta a muchos de los bancarios… La reseña no tendría fin y cualquiera puede imaginarla.
Ya han pasado siglos por un lado o: sólo en lugares muy remotos quedan pastores, aldeas y agricultores autosuficientes a lo sumo con pequeños talleres artesanales para las herramientas más elementales (como la herradura por ejemplo).
¡No podemos seguir usando categorías mentales de la Colonia y la Edad Media! De la estancia cimarrona, las homéricas «vaquerías» de captura y desuello. Del que implanta, cosecha y trilla el trigo para la harina de su propio pan. Ese fue el heroico comienzo de la aventura humana. Llegó muy lejos y hay que anotarlo. Por eso es muy peligrosa la acción desintegradora de quiénes tozudamente construyen arbitrarios muros demarcatorios del acá y del allá.
Es tan sencillamente por eso que cuando le va bien al «campo» le va bien a la industria, al comercio y a los servicios. Pero podría decirse exactamente lo mismo a la inversa: cuando les va mal a estos últimos le irá forzosamente mal al «campo».
Debemos tomar conciencia de nuestra unidad vital y erradicar ahí, en el alma también, el divisionismo siempre tramposo.
El «campo» debe comprender que la cría de peces es una nueva ganadería mundial (el cincuenta por ciento del pescado que se consume) y pronto nacional y que la captura en mares abiertos, pero también en lagos y ríos internos, es una especie de «vaquería». Y que hay bajo el cielo lugar para todos. En especial para los que por tanto trabajan produciendo bienes materiales vitales ya que se puede prescindir de absolutamente todo, hasta de las medicinas cuando no hay más remedio, pero jamás del agua, el abrigo y la comida.
Deberíamos comprender al mismo tiempo que el subsuelo y el cielo también forman parte inseparable de esa totalidad quebrantable por error o maldad que debería estar indisolublemente junta.
Las más grandes desgracias que este país ha vivido desde que de él se tiene algún conocimiento, han sido obra de esas ideas que, a veces, apenas son frívolos pero letales snobismos. Destripadoras. No podía ser de otra manera porque lo que desarticula y mutila, mata, o por lo menos, hiere malamente.
Para ser rigurosos podríamos hablar de los agricultores que viven en el campo y de los que viven en la ciudad. Pero nunca de la otra fantasía. Y radicarse en uno u otro lado para contribuir a un mismo fin ya sea una vaca, un queso, una chuleta, un pan, un cuero, una talabartería, un aceite, por citar pocos ejemplos, es asunto vinculado simplemente a la conocidísima división del trabajo amanecida con el capitalismo allá por sus orígenes.
El error de percepción puede ser y es, transformar la radicación o localización en un dilema. Materia propia de Aristóteles o Vaz Ferreira: formidable sofisma o cualquier otro vandalismo sobre la lógica. O sobre el sentido común. ¿Cómo puede ser que a una muchacha vestida de blanco con gorro, tapaboca, guantes y hasta botas estériles también blancas, que produce plantines de olivo por clones en un laboratorio, no se la considere agricultora? Simplemente por un prejuicio. Hoy no sería posible un olivar sin ellas. Ni tampoco el aceite de oliva. ¡Ah! dirán algunos si no vive en el campo, de ser posible en un rancho de terrón y quincha, ni anda enancada disfrazada de «china», no forma parte del «ruralismo».
La realidad no es la Sociedad Criolla Elías Regules. ¡No se puede confundir una cosa con la otra! ¿O acaso es posible un «remate» sin uno o varios bancos (con sus bancarios) financiando o, en el peor de los casos, acechando? ¿Y cuánto hace que esa es una realidad común y corriente en el agro? (creemos recordar que fue el abuelo o el bisabuelo de un actual candidato a la Presidencia el que hace añares inauguró ese asunto por lo que fue considerado por los mismos de siempre, como un hombre incurablemente loco).
Ahora se realizan remates ganaderos por Internet. ¡Se acabó la tradición!: los gauchos «navegan» y las vacas son estrellas de la pantalla. Ahora bien: ¿Los que proveen el hardware y el software (perdón por el idioma) pertenecen a la ganadería? ¿Les darán ingreso? Y, ¡Atención!: ingreso tanto de un lado como del otro. ¿Ingresarán de propia voluntad también ellos?
Por eso las agremiaciones rurales saben muy bien que cuando subsidian el boleto urbano están subsidiándose. Y la clase obrera sabe que cuando subsidia a un tambero se está subsidiando. Quien pregone otra cosa, atenta a sabiendas porque Uruguay consiste en la mutua defensa que abarca todos sus planos.
|*| Senador nacional, escritor
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