Niños
Hubo una idea audaz a la que se comió el tiempo; sencillamente fue olvidada por la aceleración de la vida moderna. Se me ocurrió su recordación porque aún es posible resucitarla.
Me interesa que se vuelva a pensar en ella precisamente ahora, cuando nadie discute que el problema de la niñez desamparada sea por la pobreza, la marginación o la disolución familiar, más allá de lo mucho que se ha hecho para resolverlo, sigue estando ahí, a la vista, y angustia.
Hace más de cincuenta años, Aldous Huxley sugirió, y por supuesto causó un gran debate, una especie de club de adopción mutua a través de cooperativas de cuidadores de niños, inspirado en un método que descubrió en sociedades polinesias antiguas. En ellas había entonces, y no la han abandonado, la tendencia a la familia múltiple: un grupo grande de personas se responsabiliza de un niño, que es libre, no bien puede caminar, de ir de un lugar a otro; pero en todos hallará iguales responsabilidades y derechos, así como idéntico amor y cuidado para su desarrollo.
Es un método emparentado con el de los arapesh, en Nueva Guinea, que la antropóloga Margaret Mead describió desde su mismísimo principio: la madre arapesh, cuando amamanta a su hijo recién nacido murmura constantemente «bien, bien» y frota al niño contra ella, o contra su padre o algún familiar y hasta contra animales domésticos del entorno, creando en el niño una suerte de reflejo condicionado para sentir confianza, amor y benevolencia hacia los demás.
No soy entendido en estas cuestiones. Sencillamente, siempre me pareció una idea considerable, aun en su audacia y complejidad, porque, al menos a esos viejos pueblos sabios, ha dado muy buenos resultados. Implica, claro, un cambio cultural profundo, y eso no es poca cosa ni hay sociedad actual que lo resuelva de un día para otro.
Pero ¿por qué no incorporarla a la reflexión colectiva? ¿Acaso lo que vemos a diario en las calles no es estímulo suficiente?
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