Picadas
Hay un culto a la velocidad. Si uno siguiera el razonamiento de Wimpi diría que la culpa la tiene la tecnología, que avanza día a día: «Una cosa empieza a ser urgente cuando se inventa la forma de hacerla más rápido».
No es la única teoría. Según Milan Kundera, el hombre «se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir (…) está fuera del tiempo, en estado de éxtasis (…) no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir y quien se libera del porvenir no tiene nada que temer (…) La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre».
Es una cuestión vieja.
Recordemos a los celentéreos, por ejemplo, dotados de una sola abertura. Ningún otro ser vivo comía y defecaba casi al mismo tiempo, a esa velocidad.
¿Y el pato cabrero? ¿Quién hace tantas cagadas con tamaña rapidez?
López, el mozo del café de doña Rosa, es ligero para quedarse con los vueltos. El mago Araciel, que fue famoso entre la alta sociedad madrileña, era una luz con el oráculo; predecía apenas miraba la bola: le daba igual un mal de amores que unas hemorroides. El Negro Collazo llegó a beber a mayor velocidad que Ruedita cuyo récord fue un vaso de grapa en ocho segundos simplemente porque tenía la boca muy grande y en vez de tomar, volcaba. Julio Marenales es un rayo para las respuestas filosas; luego del acto de Astori en La Teja dijo: «Cuando era ministro no venía; se ve que ahora se hizo populista».
Claro, también están los pitecántropos que juegan picadas en motos o autos. Son un tema de actualidad porque a alguien se le ocurrió, como forma de evitar los desastres que causan, reglamentar su actividad. Es decir, hacerla legal, aunque extremadamente controlada.
Quiero creer, no diré ni una palabra más, que este disparate colosal no se consagrará porque otros interpondrán su sentido común.
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