Contragolpe
Alguien pasó de madrugada y vio luz en el boliche del Chiquito, pero la puerta estaba cerrada. No le interesó. Era imposible que hubiera imaginado lo que estaba ocurriendo dentro del distinguido espacio cultural.
Horas después, los habitué hallaron, al entrar, un pizarrón escrito con letra estilo catástrofe: «¡Desde hoy 20% de descuento en todo el chupe! ¡Muera la inflación trapera!». Recordando que le habían copado el boliche y obligado a bajar los precios, les pareció normal. Se sentaron alrededor de un par de mesas y pidieron lo de siempre: grapa con tallos de malvón, caña con helecho, ginebra con granos de choclo y vino rosado de la casa.
El Chiquito fue sirviendo guarecido en un silencio búdico. Se le notaban los ojos enrojecidos de cansancio. ¿No había dormido? Nadie se animó a hacerle ni una pregunta.
Hasta que las bocas, unánimemente, se volcaron anhelantes sobre los vasos para acabar los líquidos primeros de aquella jornada histórica para el país- de un solo chupetazo.
-¡¿Qué mierda le echaste?! Epifanio fue el primero en soltar el grito airado, mientras trataba de escupir lo que había tomado.
-¡Esto no tiene gusto a nada! el aullido del Facha Ruiz hizo temblar la estantería detrás del mostrador.
Pero fue la capacidad de captación de sustancias extrañas a su organismo lo que permitió a Ruedita hallar la temida explicación:
-¡Hijo’e puta! ¡So’ un asesino! ¡L’echaste agua a carrada’!
Se pararon de un saque, con su dignidad herida, y dirigieron al patrón miradas cargadas de odio.
-¡Confesá! ¿Anoche le pusiste agua a la bebida?
Y el Chiquito, sobreponiéndose a la noche en vela, y brillándole ahora los ojos de satisfacción, dijo:
-Sí…, un 20%…
Lo que siguió después fue espantoso. Baste decir que el boliche volvió a cerrar por destrucción.
Ruedita dejó escrita una moraleja en el pizarrón, que se salvó: -Alvarito, ‘sto ‘e l’inflació e’ má complicao ‘e lo que parecía. Sigue dando criollo’ pa’ la joda’l tiempo.
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