Independencia
A la Justicia le siguen haciendo versos. Quizás sea porque estamos en pleno Carnaval, o quizás porque, como decía Fontanarrosa, la mentira es un afrodisíaco: a Pinocho, cada vez que mentía, se le estiraba la nariz.
¿Quiénes hacen los versos? ¿Quiénes mienten y disfrutan la posibilidad que a veces es seductora- de que les crezca algo?
Para hacer una conjetura sostenible, sólo eso, no sería mala idea mirar hacia el poder político.
Al Poder Judicial se le ha repetido que los legisladores siguen muy preocupados por su independencia presupuestal, nuevamente reclamada, al asumir, por el presidente de turno de la corporación. Ah, sí, pero de inmediato apareció la frase tan temida: Ocurre que las realidades económicas y financieras impiden algunas justas aspiraciones.
Pelota afuera y arrancamos cero a cero.
Al mismo tiempo, las voces políticas se han advertido gozosas al destacar la relación armónica entre los tres poderes y la tarea independiente y profesional de los magistrados pese a la creciente complejidad de sus responsabilidades.
Un hombre, si carece de dinero suficiente para vivir con dignidad, o depende del que le den otros, ¿es en verdad un hombre independiente?
No. Si la Justicia tuviese su propio presupuesto, administrándolo según las normas vigentes del sistema de gobierno, incidiría en la fijación de salarios, en la creación de cargos, en la formación de jueces y funcionarios, en la solución de problemas edilicios graves y en la modernización de la infraestructura necesaria.
No se trata de creer que la falta de independencia económica hace automáticamente sospechable a la Justicia. Pero la herramienta presupuestal en manos del poder político provoca temblores.
Es una cuestión esencial, a resolver cuanto antes.
Eso sí: sería bueno, luego, saber al detalle las características de la ejecución del gasto del Poder Judicial. Por las dudas. No sea que algún año le sobre plata y le dé por comprar butacas.
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