Mirar hacia abajo
Sé que se ha llamado a los particulares a asumir su responsabilidad. Sé que las propias autoridades municipales han tratado de hacer lo suyo, que no es poco.
Pero yo, al menos en el centro, sigo obligado a caminar mirando hacia abajo, siempre en riesgo de tropezar sin elegancia y, a veces dolorosamente, con cualquier parte erecta de tanta vereda destrozada que sobrevive a normas, multas, ruegos y hasta amenazas a los contribuyentes y también a los arreglos parciales que, cada tanto, la Intendencia asume sin demasiado entusiasmo.
¿Este problema habrá sido declarado endémico y no me enteré?
Perdón, lector, vuelvo sobre lo dicho y me arrepiento; no es gracioso y demuestra que la cuestión me está afectando más de lo que creía. ¿Tendré que hacer terapia? ¿Psicológica o fisiátrica?
Es que caminar mirando hacia abajo, aparte de dar una imagen patética, está lejos de ser un método infalible como aquel descubierto por Jack Nicholson en «Mejor imposible», con saltitos grotescos estilo rayuela y el único beneficio de que la gente normal se alejaba de él.
¿Sólo tropezones? No, uno se lleva por delante a otras personas, se golpea con paraguas ajenos cuando llueve, incentiva el interés de los rateritos en danza y termina calculando el número y calidad del calzado del resto de los caminantes. Y lo peor: no disfruta en su plenitud el andar cimbreante y aireado de tanta dama deseable que el verano hace brotar como hongos.
¿Un consuelo? Sí, de tontos: no se la llevan más fácil los turistas que suelen andar en chancletas, entre otras razones porque siempre van mirando hacia arriba o a las vidrieras.
Pero en todo esto palpita, además, una paradoja.
A veces, es posible advertir obreros trabajando en la reparación de esas veredas, al mismo tiempo que otros obreros, contratados por diversas empresas públicas, a pocos metros las agujerean otra vez.
Entonces la impresión que se tiene es que hay un brote de esquizofrenia. ¿Pasará?
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