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TRES TRISTES TERRORISMOS

En vísperas de la asunción del presidente Obama, la prensa internacional destacó el apurado retiro de las tropas de ocupación israelíes de la Franja de Gaza. La razón no fue el cumplimiento de los objetivos supuestamente defensivos de desactivación de las acciones terroristas del movimiento Hamas, sino el corrimiento del centro mediático hacia el discurso de Obama, evitándole así la incomodidad de una ineludible alusión al conflicto. La prueba está en que luego Hamas siguió tirando algunos misiles e Israel continuó con nuevos bombardeos que, dada la costumbre, volvieron a cobrarse la vida de varios niños. El PPS del novel líder del imperio, respecto al centro de atención de la mirada internacional de esos días, parece reafirmar la concatenación de estos hechos. Dicho sea de paso, trasladar un inmenso ejército, con sus hombres y blindados, con este único propósito diplomático-mediático no hace sino reafirmar la mutua imbricación funcional (a sí mismos y al terrorismo en general) que tienen Israel y los Estados Unidos. No abordaré aquí las perspectivas de la nueva administración estadounidense, que con visiones contrapuestas sostuvieron por un lado Gelman y Huidobro o los ex mandatarios Mario Soares y Fidel Castro, si sólo nos ceñimos al espacio de las contratapas de este diario. Pero el tema no es ahora Obama.

Por aquellos días, el embajador de la Autoridad Palestina en Buenos Aires respondía a la incómoda pregunta respecto a la justificación del lanzamiento de cohetes sobre la población civil del sur de Israel, calificados por el periodista como actos terroristas. La respuesta fue escueta a la par que tangencial y pretendidamente centrífuga. Su afirmación fue que en las Naciones Unidas no existe una definición de terrorismo. Con tal devolución, sólo formalmente cierta, dos cuestiones se incorporaban de manera tácita. Por un lado, la asociación entre las prácticas de Hamas con la legítima defensa de todo pueblo sojuzgado y masacrado, como es el caso del palestino, y por otro, la defensa del statu quo actual por el que, en ausencia de una definición inequívoca de terrorismo ­y de mecanismos para su juzgamiento y condena­ las bombas y misiles siguen y seguirán masacrando inocentes.

En el primero de los deslizamientos tácitos, el embajador pretendía apelar a una asociación emotiva entre el inocultable sojuzgamiento violento del pueblo originario de un territorio y la justificación de la matanza de ciudadanos de la nación agresora. Mi temor es que tenga éxito. Tal vez por las rémoras irresueltas de la teoría y la práctica foquista, tal vez por la sana indignación que provoca la mutilación de poblaciones enghettadas, expropiadas y entregadas a la miseria. La sensibilidad progresista y de izquierda tiende a soslayar la naturaleza criminal y abominable del espíritu de vindicta y de su ejercicio concreto en la violencia física.

La tesis central ­y desgarrante­ del libro «El terror como política exterior de Estados Unidos» de Noam Chomsky es que el terrorismo funciona, que la violencia no fracasa ante la razón. Y lo peor que las izquierdas pueden hacer es involucrarse con ella haciéndola propia. Es que, en efecto, la violencia es la prerrogativa exclusiva de la derecha, de los poderosos, de los excluyentes. La de sus ejércitos, la del capital, la simbólica. Matarle algunos adherentes o ingenuos indiferentes no sólo es inmoral e inaceptable sino a la vez inútil.

No se me escapan las citas de Marx que puedan hallarse sobre la legitimidad de la violencia de los desposeídos, de su lugar de partera en la historia, como tampoco el hecho de que su producción teórica se orientó a desmontar y develar la construcción ideológica de la dominación, suponiendo que las mayorías se impondrían por su magnitud una vez liberadas de las ataduras de la ignorancia, del odio y de la autoridad residente en el poder fáctico. Es decir, organizadas por la razón y el conocimiento. Si tal horizonte es ingenuo o no, requerirá de otro desarrollo.

Numerosos artículos inmejorablemente inspirados eluden el problema ético para situarlo en términos de equilibrio y desproporcionalidad. También los hubo de derecha ­como el analista israelí con quién ya polemicé­ que hacen otro tipo de cuentas, siempre tomando a la vida ajena como unidad de medida. Lo común en ambos es que consideran la guerra como un partido de básquet. Si son 400 palestinos caídos por cada israelí (como si se tratara de un equipo barrial contra uno de la NBA) se justificaría la condena por la desigualdad de fuerzas. Por el contrario, si fuera más parejo hasta el último minuto, valdría la pena disfrutar de la liga.

En verdad, no existe una única práctica política o militar que pueda ser mentada como terrorismo. Tampoco una estructura política unitaria u objetivos compartidos por todos los terroristas. Pero sí una única víctima de toda la amplia variedad de prácticas criminales: la población civil indefensa. Esto facilita algo las cosas o, en otros términos, hace que no sea tan difícil poder definir primero las prácticas terroristas para luego identificarlas, condenarlas y, como sostuve el domingo pasado, someter a sus responsables y ejecutores a juicio por la Corte Penal Internacional. Pero para ello habrá que vencer, justamente, la resistencia de los principales terroristas.

Volviendo a Chomsky, éste sostiene que hay una definición sucinta y precisa en los manuales del ejército norteamericano donde el terror es el «uso calculado de la violencia para alcanzar objetivos ideológicos, políticos o religiosos a través de la intimidación, la coerción o el miedo».

A riesgo de simplificar, podemos tipologizar las prácticas terroristas en tres categorías en función de la ceñida definición anterior y del presupuesto que introduje, líneas arriba, sobre el carácter específico (y común a todos los casos) de las víctimas. El espacio sólo permitirá enunciarlos con la telegráfica ejemplificación histórico-concreta deteniéndome luego sólo en el primero, porque requiere menor desarrollo. Los restantes deberán esperar otras contratapas, al igual que la mutua relación entre ellos.

1) El terrorismo de Estado (como los padecidos en América del Sur)

2) El terrorismo individual o partidario (desde Hamas, los Talibán o Al Qaeda hasta ETA o el IRA irlandés)

3) El terrorismo imperial (cuyos exponentes paradigmáticos son EEUU e Israel sin soslayar la colaboración por acción u omisión de los países miembros de la OTAN)

 

El primer caso, el del terrorismo de estado, facilitará la brevedad de la exposición. Es innecesario abundar en las características de este tipo de terrorismo en países como los nuestros, que fueron asolados por sus prácticas hasta hace poco más de dos décadas atrás. Se trata del ejercicio del terror por parte de las fuerzas estatales sobre la población civil, al interior de un estado-nación, en casi todos los casos viabilizado por la apropiación violenta de todos los poderes del Estado. En países como Argentina o Chile adquirieron las características de un verdadero genocidio pero en todos incluyó al menos la tortura, el encierro, la suspensión de garantías y derechos, de libertad de opinión y reunión e inclusive la desaparición y la ejecución clandestina. No puede confundirse con el terrorismo individual. Toda la población fue sometida sistemáticamente al padecimiento del horror a través de un macabro mecanismo de información parcial y ocultamiento, que instaló en cada ciudadano la sórdida actitud de la autosumisión atemorizada, de la lenta resignación o la diáspora. El Estado se convirtió en la encarnación del terror y obturó cada poro de la vida social. A la vez, casi todos los estados terroristas aprovecharon la sumatoria del poder para introducir, paulatinamente, flagelos económicos a los más desfavorecidos, incrementando aún más la inseguridad por la subsistencia. Si bien el estado terrorista tiene una circunscripción exclusivamente nacional, sus
objetivos y prácticas fueron coordinados internacionalmente, no sólo entre sí, como lo demuestra el plan Cóndor, sino sobre todo alentados y sostenidos por los principales actores del terrorismo imperial, hasta el momento sólo nominado. Se trata de un momento de la dialéctica terrorista, históricamente situada, un lugar de experimentación en su desarrollo evolutivo. Una etapa aún irresuelta dadas las dificultades para la acción de la justicia a pesar de los esfuerzos en contrario. Poder concluirla con la verdad y la condena no sólo pacificaría nuestros países sino que contribuiría a aventar la posibilidad de desarrollo de las formas de terrorismo restante que, tal vez, podamos tratar en otra oportunidad.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

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