Información
La información fue esencial hasta en los tiempos en que llegaba tarde. Umberto Eco dijo que Hernán Cortés destruyó una civilización y, antes de que la noticia se supiese, tuvo tiempo para hallar justificación a sus acciones.
Hoy todo es instantáneo, gracias al avance tecnológico. A lo que entra en la red se debería va el condicional a propósito- tener acceso simple e inmediato.
Pero no es así. Le han puesto el pie encima a la más copetuda tecnología. ¿Quién? La burocracia, que se niega a morir.
Las sociedades son eficientes en tanto los ciudadanos disponen, cuando la necesitan, de información precisa sobre asuntos del Estado que le interesan y le afectan. Nadie está pensando en saber si el Guapo y el Cuqui se van a arañar ni en entender a Sánchez Padilla.
Hubo una época en que los papeles, vomitados desde las oficinas públicas, inundaron el país. Luego aparecieron las computadoras. ¡Qué maravilla! Había que apretar unas teclas y se sabría de tributos y servicios municipales, horario de atención de policlínicas de Salud Pública, vencimiento de obligaciones con la DGI, requerimientos del BPS para iniciar el trámite por una jubilación, porcentaje del aumento de alquileres y, en fin, cualquier dato cuya fuente fuese una dependencia estatal.
¿Ah, sí? ¡Ja! ¡Pregunten a la gente!
El proceso es complejo para ingresar a un sitio y, peor aún, es virtualmente imposible hallar lo que se necesita sin sufrir un accidente vascular.
Lo que ocurre me ha recordado un texto de Eduardo Galeano de hace veinte años, titulado «El sistema». Incluye el cuento de un soldado que va a una misión y deja su mujer a cargo de otro militar amigo. Al regresar, éste no la quiere entregar. A punto de duelo criollo, interviene un coronel y le pide razones al que pretende quedarse con la prenda ajena:
¿Cómo se la voy a devolver? ¡Con lo que ha sufrido la pobre! Si viera cómo la trataba este animal… La trataba, coronel…¡como si fuera el Estado!
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