Comparaciones
¡Celebrad, hermanos! El sueño americano, mejor dicho el sueño de Martin Luther King, se ha hecho verdad. Por primera vez en la historia, un negro ha accedido a la presidencia de los Estados Unidos. Soplan unos aires de esperanza.
Parado ante tamaña emoción, quizás no sea simpático sugerir que el escepticismo puede ser una actitud prudente.
A fin de que el lector me entienda, y sé que le estoy pidiendo demasiado, haré un par de comparaciones.
La primera, que supone audacia, es imaginar a los Estados Unidos con su talante imperialista y el poder real en manos de una corporación que mezcla la economía con la guerra invasora como un reflejo condicionado; e imaginar, además, sus cambios de gobierno como las fluctuaciones que sufre un reflejo determinado y provocan su inhibición.
No obstante, la ciencia ha probado que el mecanismo descubierto por Pavlov puede ser restablecido al cabo de cierto tiempo, pues se basa en las relaciones recíprocas entre el reflejo antiguo y uno nuevo, que nace con ayuda del anterior.
Obama, aunque a alguien le parezca delirante, procede de Bush y del resto de sus antecesores. En una metáfora, Obama es la eventual inhibición del reflejo condicionado del imperialismo bélico.
La pregunta surge sin rebusque: ¿por cuánto tiempo evitará que el reflejo condicionado antiguo regrese? Si lo logra hasta el final de su mandato, habrá uno nuevo. ¿Cuál?
La segunda comparación es más simple: el tipo que a uno se le ocurra comparar con Bush, más aún si es negro, será mejor que el imbécil alcohólico y patético que acaba de volver a su rancho de Texas. ¿Cómo no va a discurrir la alegría por el mundo?
Ah, pero cuidado, porque ese efecto esperanzador, producido por esta comparación, dura poco.
Dejemos que el nuevo presidente inicie su tarea. ¿Qué puede esperar el mundo de Obama? No mucho más que distensión. ¿Qué necesita Uruguay de Obama? Acceso al mercado norteamericano en mejores condiciones.
Veremos.
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