OBAMA

«Habrá elecciones en los Estados Unidos. El mundo, desesperado, esperará la victoria de Obama.

Por lo tanto en tales horas decisivas y cruciales, vale alguna oración reflexiva (se trata del Gobierno en el país que por ahora es el más poderoso del Planeta). Hay que rezar…»

Así pensábamos (y escribíamos) hace pocos meses; horas antes de aquélla histórica elección.

La crisis de uno de los actuales Imperios (el más importante últimamente), tanta veces anunciada por la izquierda uruguaya, en especial por el semanario «Marcha» que la vaticinaba cada pocos meses hasta que lo clausuraron en 1974 (al semanario), por fin se produjo.

Cuando la reciente «crisis de Georgia» lo que ya era perceptible en Irak y Afganistán quedó en evidencia inapelable también en el plano militar. De la financiera y la económica no vale la pena hablar de tan estridente, pero conviene resaltar y recordar su crisis social: incapacidad y pobreza evidenciada mundialmente cuando lo del huracán Katrina, con más las agregadas crisis de su sistema de salud (cuarenta y cuatro millones de personas sin cobertura) y de educación. Faltaba la por tanto ineludible crisis política o, mejor dicho, cómo ella se iba a expresar. Porque resonaron tambores fascistas por aquellos lares y, también, de disolución…

Obama entonces no es «un» hombre (o solamente) sino y como casi siempre, la expresión condensada de una circunstancia y de millones de personas.

Tampoco Bush era «una» persona sino la expresión de poderosos intereses de variado tipo.

Así tenemos que leer lo de antes de ayer.

Más de dos millones y medio de personas autoconvocadas; mayoritariamente obreras, pobres, hispanas, y negras, soportaron doce grados bajo cero a la intemperie, durante muchas horas, para estar en uno de los actos políticos más grandes del planeta y, por lejos, el más grande que, para una asunción presidencial, se haya visto en los Estados Unidos. Debemos tener ojos y oídos bien abiertos para que no nos pase lo que tantas veces nos pasó.

La respuesta política a la crisis, su confirmación, tan esperada y a la vez temida, eligió, por ahora, el mejor de los caminos posibles. El mejor para todos (incluidos nosotros). Decimos «por ahora» porque si Obama y las fuerzas sociales que lo apoyan avanzan realmente por él, debemos estar también muy atentos a lo obvio (y tradicional): la «reacción». Y Estados Unidos contiene, para su desgracia y la nuestra, poderosas fuerza reaccionarias.

Aquella crisis proverbial del semanario «Marcha» (un camarada de calabozo con ya tres de ellos sobre sus espaldas, que se lo había creído a pie juntillas los quería matar por «manija indebida»), fue plenamente reconocida, casi de modo insuperable, en las primeras frases del discurso oído antes de ayer: repite alguno de aquellos lejanos «editoriales». Nos pareció haber vuelto a leer documentos viejísimos, hoy amarillentos, que nosotros también propinamos. Incluso llega a reconocer que Estados Unidos se ha mantenido hasta hoy casi de milagro.

Por ende, y de ahora en adelante, pasó definitivamente de moda hablar de la «crisis del Imperio»: quien lo reitere quedará a la derecha del Presidente de los Estados Unidos. Deplorablemente.

Definió el papel del Estado y el del Mercado como si militara en Vertiente Artiguista (o hasta incluso en el Partido Socialista). Y así sucesivamente.

En muchos aspectos, el discurso de Obama parece plagio a Fasano (debe leer LA REPUBLICA). Y en cuestiones de energía nos plagió (tal vez sin saberlo). La capacidad de autocrítica es envidiable y en verdad muy poco practicada entre nosotros. Razón por la que seguimos siendo Colonia. En muchísimas de sus propuestas, el flamante Presidente de los Estados Unidos ha quedado a la izquierda de Larrañaga y ni qué hablar de Lacalle y tantos otros…

Después de Obama, para ser de «centro», incluso radical de centro, hay que correrse mucho más hacia la izquierda, bajo pena de caer inexorablemente en el abismo de la derecha sin redención posible.

Es por eso que muchos profesionales del escepticismo y la decadencia (por lo general venerables burócratas), engolando la voz, dicen hoy que no debemos ilusionarnos o que las esperanzas (evidentemente enormes) serán defraudadas. ¿Qué otra cosa pueden decir ante la flagrancia del desaire que los enerva? El primero de ellos, urgentísimo y airado, fue Putín: líder circunstancial y patético de otro Imperio destartalado con ansias viejas de ocupar lugares o lugarcitos que hayan quedando vacíos.

Apóstol ya no de una Guerra Fría como Dios mandaba sino de una Gresca Fresca, como quien dice de barrio, pero con temibles consecuencias catastróficas (desde que maneja ojivas nucleares).

A Obama nadie le regaló nada. La peor derecha del mundo le tiró con todo. Incluso con lo más sucio y alevoso. Es verdad: tiene parientes directos en Africa (y los trajo a la ceremonia de asunción). Es verdad: es negro. Es verdad: consumió marihuana y cocaína cuando era joven. Es verdad: fue abandonado por su padre. Es verdad: se llama también Hussein. Es verdad: fue educado en un país musulmán tan dolido como Indonesia. Es verdad: su contrincante en las elecciones es héroe de los Estados Unidos por sus hazañas en Viet Nam. Todo es verdad. También lo es que la esperanza y las ilusiones son gigantescas y que, difícilmente, pueda colmarlas todas. Lo mismo nos pasó a nosotros. Es verdad.

Pero su triunfo constituye por sí solo, por encima de las verdades, un elocuente homenaje al pueblo de los Estados Unidos. El que votándolo, como a pocos, lo llevó a dónde hoy está y el que lo apoya, también como a pocos. Su única y formidable fuerza ante los ataques reaccionarios esperables.

«Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo por el que hombres, mujeres y niños de todas las razas y de todas las creencias pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica explanada, para que un hombre, cuyo padre hace menos de sesenta años no habría sido servido en un restaurante, ahora esté ante ustedes y tome el juramento más sagrado.»

|*| Escritor, senador de la República.

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