Amistades
El Pepe es un amigo dijo Kirchner, mirando a los periodistas con su excentricidad visual y su hipócrita sonrisa de colmillos anhelantes.
El Pepe puede que se haya enterado, puede que no. Lo que parece seguro, al menos para mí, es que no se va a inquietar, ¿aunque debiera?, y más bien quizá sonría, haciendo alguno de esos cálculos de estrategia política regional a los que se está mostrando cada día más afecto.
En el barrio solían decir, en un tiempo que ya pasó, que la familia viene con uno pero a los amigos se los elige.
¡Flor de elección se mandó el Pepe si esta amistad es cierta!
Le asiste derecho, claro. Y en una de ésas, como es muy astuto y tiene larga experiencia de vida, sabe muy bien lo que hace y, al fin del camino, hallará satisfacción.
Yo, qué quiere que le diga, lector, desconfiaría. ¿Y usted?
El santacruceño de la mirada dicotómica a quien se investiga por algo que no se sabe aún si será calificado de fraude o apropiación indebida, de igual modo que no se sabe si la Justicia seguirá o se irá al mazo es más artero y dañino que un escorpión.
Aquí, pese a todo, mucha gente instruida y honesta de la izquierda, no sólo el Pepe, le sigue llamando «compañero progresista».
El hombre fue vivísimo y tocó una cuerda sensible: la defensa de los derechos humanos, que convirtió en su paradigma, pese a que, después de tres o cuatro actos demagógicos, se los empezó a pasar por las entretelas. Algo parecido ocurrió con la lucha contra «la corrupción del menemismo»; ahora hay otra, pero de puño y letra suyos.
Si alguien lo tiene claro, aunque no pueda decirlo de esta forma poco diplomática con que yo lo hago, es Tabaré Vázquez.
En fin, el Pepe que haga lo que le plazca. Yo desearía que tuviera razón: no tanto en elegir de amigo del alma a un tipo tan fatal, sino en hacer el teatro necesario, que a veces le sale como a Calcagno, y sacar alguna ventajita para Uruguay.
Aun así, espero que sepa que está jugando con fuego.
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