Vuelve, Daisy
Por un momento, incómodo al fin, Daisy voló. Su espíritu audaz, trasgresor, tan libre y juguetón, quizás le tendió una trampa. Se bajó del caballo, en el que al menos lucía tan elegante, y colgó en la red fotos y frases de su mismidad.
Armó un lío fatal.
Se sabe, porque no he perdido oportunidad de repetirlo, de mi respeto intelectual y de mi afecto por la ministra del Interior. No acostumbro a borrar con el codo lo que escribo con la mano. Sin embargo, mi estimada Daisy, ha sido sorprendente para mí que no calcularas las consecuencias de ese acto al que, desde el punto de vista de la libertad individual, tienes absoluto derecho- en una imagen pública que está atada, de modo inexorable, a tu significativa responsabilidad en el gobierno.
Yo recuerdo cuando tu humor, tu fina ironía y hasta tu picardía iluminaban al adusto Parlamento en tus tiempos de legisladora, dentro y fuera de los plenarios y las salas de comisiones. Era otro ámbito. Aunque suele inadvertirse, hay sutiles diferencias con una investidura ministerial, sobre todo cuando se incurre en una simple travesura propia de un espíritu divertido o de la alegría de vivir.
Conociéndote, sé que lo ocurrido no cambiará tu personalidad, ¡por favor!, ni te impondrá corsés ni mordazas que no estés dispuesta a aceptar.
Pero lo importante ahora no es eso.
Se trata de que adviertas que el mundo contemporáneo expone a la persona pública a demasiados riesgos, sin que quepa el derecho al pataleo, y también que ciertas conductas pueden afectar al propio gobierno, por aquello tan viejo y tan sabio de que además de ser, hay que parecer.
Y qué decir del impacto en la ciudadanía. No olvides, Daisy, que éste es un país joven pero profundamente conservador, propenso a juzgar irrespetuosos los comportamientos que sólo son desenfado, diversión, desahogo del ánimo.
Por eso, Daisy, vuelve. La fe tus convicciones- derriba montañas; pero dicen que la inteligencia las foresta.
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