El clima
En muchas versiones difundidas por antiguas religiones mesopotámicas, el diluvio «fue consecuencia de los pecados de los hombres». Coinciden, además, en que de ese «fin del mundo y de una humanidad pecadora» surgió la nueva creación.
Pese al final estimulante, pregunto: ¿también la devastadora sequía que padecemos es consecuencia de nuestros pecados? ¡Por las descascaradas sandalias del predicador! Me siento inocente, sin culpas.
Si alguien ha incurrido en pecado a la mirada de los dioses son los meteorólogos. O sea, los responsables de predicciones erróneas, que habitan ámbitos estatales y privados. No es que yo halle placer en echarles el fardo, pero sus errores acumulados inducen a mirarlos con desconfianza.
El pronóstico acertado del clima a venir al menos en términos relativos es la única herramienta con que cuenta el gobierno para anticipar catástrofes como la que se está viviendo. Pero los pronósticos, a veces delirantes, le han dejado entre manos un lío muy gordo.
¿Los problemas provienen de las causas primeras o de las segundas? En otras palabras, ¿provienen de los meteorólogos o de sus instrumentos? Si se trata de los meteorólogos, es imperdonable que no se haya mejorado su formación; si se trata de la infraestructura técnica, es imperdonable que no se haya actualizado.
Está claro que el problema hay que arreglarlo. De lo contrario, somos boleta ahora y lo seremos mañana.
Estamos, casi, casi en la misma situación de los ciegos que habitan Changsha, en China, quienes durante los eclipses lunares, siguiendo un hábito inmemorial que investigaron Dewey y Russell, baten gongos «para espantar al perro celeste cuyo intento de engullir la luna es la causa del fenómeno».
Si el estruendo se extiende el tiempo suficiente, siempre como es fácil suponer tiene éxito.
Claro, si aquí apeláramos a eso, ya desesperados, cuando los gongos cesen su ruido nos habría llevado la corriente o tragado una rajadura de la tierra.
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