Cerdos
Tengo la horrorosa sensación de que nos quieren matar. A los viejos, digo.
A tal punto me domina que hizo regresar a mi memoria aquella original novela de Adolfo Bioy Casares «Diario de la guerra del cerdo». La historia, de final abierto con una cálida, piadosa ironía, es simple: grupos fundamentalistas de jóvenes se dedican a cazar viejos, a los que llaman cerdos, para matarlos. Obviamente, los viejos se agrupan para defenderse aunque nunca falta un buey corneta, se esconden y viven trazando delirantes estrategias de supervivencia.
Dirá usted, lector, ¿este tipo se volvió loco? Por mí, claro.
Bueno, siempre es posible, aunque creo que hay indicios como para que mi inquietud logre adeptos.
A ver. Nos tratan mal en la calle, como blancos preferidos de la aceleración enfermiza de la vida diaria, de los ladronzuelos siempre al borde del crimen, de los agresivos pedigüeños, de las veredas tramposas. Nos tratan mal en sitios públicos donde converge mucha gente, desde un supermercado a una oficina del Estado, desde una plaza con pocos bancos a una playa. Nos tratan mal en los ómnibus. Nos tratan mal en la mayoría, si no en todos, los centros de salud.
De ahí mi desesperación: ¿nos quieren matar?
¿Quiénes iniciaron esta nueva guerra del cerdo?
Por cierto hay un momento, sentado finalmente al fresco de la tarde, ya pudiendo recostar la cansada espalda, quizá tomándome una copita de algún brebaje estimulante, en que miro alrededor y la horrorosa sensación disminuye. No se va del todo, no, pero al menos se encoge. Estoy en casa.
Es cuando advierto que hemos ayudado a construir, es decir, somos cómplices, esta sociedad apurada, agresiva, que ha otorgado la cucarda mayor a la competencia y el éxito y que se ha pasado por las entretelas yo diría que cotidianamente las refriega más a la tolerancia, a la solidaridad y a la benevolencia.
¿Y el respeto por la experiencia y la sabiduría?
¡Dejate de joder, viejo! ¿Necesitás un pañal?
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