Hurgadores
«Yo no soy cantor letrao,/ mas si me pongo a cantar/ no tengo cuando acabar y me envejezco cantando;/ las coplas me van brotando/ como agua de manantial». Así define José Hernández a su Martín Fierro.
Pues bien, a la Intendencia de Montevideo las fórmulas, que ya no las coplas, le siguen brotando frente al problema de los hurgadores. Ahora, con el Ministerio de Desarrollo Social, convocará a estos trabajadores para organizarlos en cooperativas y desarrollar circuitos limpios de recolección. La idea es expansiva y compartible: por un lado, crear mejores condiciones de vida y trabajo para los llamados «clasificadores de residuos»; por otro, mejorar la limpieza de la ciudad y, por tanto, su habitabilidad.
El hecho de que se haya echado mano del cooperativismo es un valor adicional, pues su historia demuestra que hace a las personas más solidarias, responsables y constructivas, siendo la más equitativa de las herramientas económicas.
Pero aun en el respaldo entusiasta no puedo alejar de mí una preocupación harto recurrente. El gobierno municipal ha intentado resolver esta cuestión varias veces; en esa senda años sembrando buenas intenciones no ha renegado de las ideas más diversas.
Pero el resultado ha sido escaso y es obvio que obliga a nuevos esfuerzos.
El punto clave, y de esto me convence que se apele a la formación de cooperativas, no es el mecanismo elegido. Quizás ese punto clave esté en la respuesta a una pregunta muy simple: ¿qué se está dispuesto a hacer si las normas se violan al otro día de establecidas, como hasta ahora es hábito?
Todo sistema acordado entre el Estado y particulares para resolver cuestiones sociales de este porte será imperfecto, cuando no inútil, si no se basa en un régimen de premios y castigos.
Seguir ignorándolo hará realidad, para las autoridades competentes, aquel aforismo de Fontanarrosa: «Si mil veces te levantas, y mil veces te derriban, comienza a pensar en el retiro».
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