EL EXTERMINIO TRAS EL MURO
Una década y media atrás, intentaba ironizar en un artículo publicado por este diario y otros medios, respecto a la generalización mediática y académica de los prefijos «pos» y «neo» como significantes pretendidamente diferenciadores del pasado en el primer caso y enfatizadores de la novedad en el segundo (posneologismos: del posmodernismo a la neobarbarie). De tal forma que neoliberalismo, neocolonialismo o bien posmodernidad contribuyeron entonces a estructurar, a través del lenguaje, el esqueleto ideológico que articuló y aún articula el sentido de realidad, construyéndola a la vez. Eran épocas en las que Fukuyama profetizaba soluciones finales pacificadoras como el triunfo universal de la idea absoluta, del fin de la teoría de la historia centrada en el conflicto. Una nueva «era de paz» intentaba dibujarse en aquella pretendida utopía, celebratoria de la implosión de la URSS. Es probable que la CNN se vea obligada a reconocerle actualmente ciertas fisuras a este corpus ideológico, aunque no por ello a abandonar los significantes tranquilizadores aludidos al que hay que agregar el de «colateralidad», como agudamente subrayó Jorge Majfud ayer en este mismo espacio, retrotrayendo también reflexiones cuya vigencia desbordan el hermetismo amnésico de los archivos.
Ahora bien, si por modernidad se entiende algo más que el concepto kantiano de ilustración, o si, por el contrario, se reafirma como el horizonte social organizativo en que la razón articula las normas institucionales y los modos de convivencia y construcción comunitaria, la modernidad no sólo no está superada, sino que resulta estructuralmente inconclusa y sólo muy provisionalmente insinuada en la ristra de experiencias históricas fallidamente emancipadoras. Por dos sintéticas razones, nada estancas entre sí.
1) Por la naturaleza genéticamente mutante e históricamente determinada en su pluralidad e inclusive contradictoriedad de la propia razón que redefine sus alcances y límites, y delimita dinámicamente sus fronteras.
2) Por las diversas resistencias materiales, es decir tanto económicas como simbólicas, a la implementación práctica de las sucesivas conquistas modernizantes.
Los vasos comunicantes de ambas dimensiones reequilibran las fuerzas centrífugas entre la teleología y las luchas de ciertos actores de la historia. La modernidad es tanto un proyecto, una concepción y un horizonte, cuanto la lucha por su consecución.
Detengámonos por un momento en la segunda consideración, a la que podríamos llamar histórica, tomando solo algunos acontecimientos recientes inocultables. El régimen talibán afgano, por ejemplo, con su integrismo religioso, sus leyes islámicas y su monolitismo cultural monstruosamente patriarcal fue (es) indudablemente un duro escollo para el despliegue de prácticas modernas elementales como el respeto por los derechos humanos, la dignidad humana universal y la pluralidad. Del mismo modo, en una grosera agregación de convergencias más epidérmicas que sustanciales, la dictadura de Hussein en Irak o la actual teocracia iraní resultan formaciones sociales claramente premodernas. Pero también lo son las prácticas de resistencia «casera» como la utilización de aviones comerciales con su inocente pasaje al modo de cohetes ad hoc lanzados contra objetivos civiles o la construcción de misiles aéreos como los que construye y dispara el grupo Hamas, ambos casos de evidente desperdicio de inventiva. Mucho se agradecería la aplicación de semejante ingenio en el desarrollo de tecnologías de cualquier orden que mitiguen en algo las penurias y carencias que padecen la mayoría de las poblaciones.
Sin embargo, ¿de qué simiente racional puede surgir la idea de que la razón pueda imponerse por otro mecanismo que la razón misma? ¿Cuándo solicitó auxilio al acorazado, al cañón o a las murallas? ¿Con qué derecho un estado «moderno» moderniza al resto con su insolícita ocupación y posterior tormento? La «solución final» autodeclamada pacificadora, el estado de excepción, la depositación del «mal» unificado en la otredad, no hace tanto tiempo explícitamente reivindicadas exclusivamente por el régimen nazi, son hoy reapropiadas por las diversas fuerzas imperiales, una de las cuales fue la víctima inocultable y privilegiada del horror de la cruz esvástica y las SS.
En el ghetto actual de la Franja de Gaza, el más importante de toda la historia por la magnitud de la concentración poblacional, tras su monumental muro custodiado por las milicias obligatorias del Estado de Israel, la población palestina indefensa es nuevamente masacrada en nombre de la paz y la futura- convivencia. Algunos de los sucesores de los antiguos habitantes de los ghettos ignominiosos del nazismo han creído, como sus antiguos verdugos, que la solución para la paz se encontraría primero en el encierro y posteriormente en el exterminio y el terror.
En un brillante artículo recientemente publicado por el matutino argentino Página 12, el filósofo León Rozitchner destaca la pérdida de memoria de los judíos israelíes, que han caído en una suerte de cooptación imperial cristiana, específicamente neoliberal, que produce una nueva diáspora judía funcional a la cabecera de playa norteamericana en el cercano Oriente. Los perseguidores de los judíos no fueron ni son los palestinos, sino los muy cultos y «modernos» europeos y norteamericanos que hoy siguen marcando los destinos de los judíos israelíes, quienes parecen haberse olvidado de los verdaderos autores de la Shoá, más popularmente conocida como el holocausto.
La tesis central del autor es que el Tercer Reich se ha prolongado en el Cuarto Reich del imperio norteamericano secundado por algunas potencias europeas aliadas. En los términos textuales del autor: «(…) El Estado de Israel está nosotros los judíos latinoamericanos sí lo sabemos al servicio del poder cristiano-imperial de los EEUU. ¿O van a creerse que los EEUU y Europa combatieron al nazismo para salvar a los judíos? ¿Por qué ahora habrían de seguir persiguiéndolos si mantienen lo que tienen de judíos congelado sólo en lo arcaico religioso? Pero ¿no les dice nada pasar a ocupar ahora el lugar impiadoso, como brazo armado de los poderosos capitalistas cristianos, contra una población civil asediada y asesinada por osar defenderse contra la expropiación ilimitada de un territorio que debía ser compartido?». Sin temor a forzar su conclusión, el Estado de Israel se ha cristianizado y emprende su propia cruzada aggiornada a estos tiempos.
La solución occidental de la ONU de noviembre del ’47, consistente en ceder la antigua colonia británica para compartir territorio entre judíos y árabes palestinos, ha tenido posiblemente el propósito de evitar que las comunas voluntarias originarias, uno de los movimientos comunales más importantes de la historia, también llamados kibutz que fueron esenciales para la creación del Estado de Israel, se desarrollaran en Europa y se alejaran lo máximo posible de la cuna de la modernidad. Probablemente también que dejaran de surgir en sus naciones «modernas y cristianas» molestas teorías como las de la relatividad, el inconsciente o el materialismo histórico ideadas, por terroristas judíos que responden a los nombres de Marx, Freud o Einstein.
¿Acaso no son los países «modernos» los autores de las mayores tragedias políticas, económicas, bélicas y ecológicas que ha padecido la humanidad? Así como Stalin y el autodenominado régimen bolchevique deshonró y mansilló la utopía comunista, y Bush, por poner exclusivamente al más reciente carnicero del imperio, lo hizo con el liberalismo, el estado terrorista y cuasiteocrático de Israel está acabando con una tradición bimilenaria de persecuciones y luchas contra la discriminación, la desigualdad y la ignorancia. Esto no conlleva una reivindicación de religión alguna, sino de un principio de laicidad radical con plena libertad de culto y pluralismo en la institucionalidad de un estado, es decir si
n ejercicio de la violencia física entre las diferentes fracciones étnicas o religiosas. Como el que parcialmente en este plano rige en nuestros pobres países del sur.
Los negros, las minorías sexuales, las mujeres, los musulmanes e islámicos, entre tantos otros discriminados y ocultos tras muros físicos o simbólicos, también deberán prestar atención a esta experiencia histórica que vuelve a poner al pueblo judío en su muy vasta diversidad contra la propia pared (que en esta oportunidad algunos de sus exponentes han construido) y que tantas banderas laicas, emancipatorias y pacifistas ha conseguido erigir.
La modernidad, lejos de dar descendencia y redactar su testamento, no ha logrado siquiera dar dos pasos seguidos sin tambalearse, sin tropezar con sus propios pies y derrumbarse. Su esquelética razón es apenas cartilaginosa y su médula, un relleno hasta el momento inconsistente. Muy lejos se encuentra siquiera de su madurez. No ha logrado seducir con su figura, aunque desarrolle la tecnología capaz de borrar y retocar al estilo ideológico del photoshop los dos puntos de apoyo de su pose: la muleta derecha del capital y la izquierda de su inseparable fusil.
|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
Compartí tu opinión con toda la comunidad