¿Pa’ cuándo?
El mundo lleva un par de décadas sabiendo, sin influencia de
supersticiones baratas y con rigor científico, acerca de las
progresivas y devastadoras consecuencias del calentamiento global.
El clima está loco, cada día más. En la raíz de todo anda el hombre, con su agresión impune a la naturaleza, su dispersión de gases invernadero y sus otros delirios. Los polos se deshielan, la capa de ozono parece un queso gruyere, las fronteras de las estaciones se difuman, las temperaturas huyen de cualquier control y, además, en veinte o treinta años aumentará el nivel de los mares y océanos.
Una catástrofe.
Es una cuestión universal. Más allá de que nadie está exento de responsabilidad, las grandes soluciones, si es que aún las hay, vendrán del mundo desarrollado, de esa riqueza y ese poder creados a cualquier costo. Sin embargo, hay problemas más pequeños, derivados de esa cuestión universal, con los que venimos lidiando desde hace tiempo y poco o nada hemos logrado.
No podemos con las sequías, ni los incendios forestales, ni las inundaciones.
Quiero decir: cada año se calculan las pérdidas, se hacen predicciones y se enuncian planes de contingencia.
Pero no cambia nada.
Llega el verano y se incendian campos y montes por todas partes. Llega el calor y se agota el agua, se arruinan cultivos y se mueren animales necesarios. Llega la época de lluvias que ahora, como el calor y el frío, no se anuncia, se inunda medio país y queda la estela habitual de damnificados.
Las ideas ante las emergencias se parecen al portafolios del que hablaba Wimpi: «De igual modo que las albóndigas y las empanadas son viandas de suspenso, el portafolios es una cartera de suspenso; nunca se sabe qué contiene».
Es hora de no ofrecer más portafolios repletos de voluntariedad y armar planes reales, tangibles, para que la sociedad se defienda de esa parte autóctona del calentamiento global.
¡Si lo que abunda es experiencia! Al menos, sobre lo que no sirve.
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