FUEGOS ARTIFICIALES
Una sensación de resguardo, de cierto abrigo ante la adversidad y la amenaza, pareciera instalarse en estas así llamadas Fiestas. Una suerte de paréntesis encierra al mundo público, suspende o adormece las demandas e inquietudes cívicas y ciudadanas y arroja al sujeto al remanso privado que a su vez se inviste de indulgencia y hasta de cierto optimismo. Sin embargo, por caso, las tropas de ocupación en Afganistán e Irak continúan con sus humanitarias misiones, como también las más azuladas en el Congo o Haití y a fin de darle un toque menos gris y rutinario, menos poshistórico y más llamativo, visible y sonoro, Israel profundiza su masacre genocida en la franja de Gaza. Venimos de días de fuegos. Algunos artificiales, aunque no por ello inocentes, sobre todo en estas latitudes.
Los estruendos y refucilos, los estallidos luminosos y la inagotable sorpresa del invento de los chinos del siglo IX que fue incorporándose culturalmente a los festejos de fin de año y que constituyeron la contracara del uso de la pólvora fue brillantemente unificada por el Sr. Bush padre en el año 91 al iniciar la serie de castigos que recibiría Bagdad inaugurando con ellos la guerra espectáculo, la guerra en vivo, la guerra tinellizada. Con la recordada operación «tormenta del desierto», pareció que McLuhan revivía, que la misma escena fulgurante y sonora del festejo popular era también una alegoría de la masacre. Y que se sucederían otras en creciente nivel de definición y difusión. Es que en el propio origen de la pólvora está inscripto su bifrontalidad y ambivalencia. La televisión se encarga ya de anularla. Da lo mismo la reveilion en Copacabana que un misil nocturno sobre la universidad palestina.
Sin embargo, en el mundo parece preocupar más la seguridad ciudadana que la creciente extensión de las experiencias bélicas. En nuestros países sólo han pasado semanas desde que ha recrudecido el debate sobre la inseguridad. Más precisamente sobre la incipiente tendencia al incremento de la tasa delictiva (homicidio incluido) por unidad poblacional (para el caso, la norma establece la referencia de 100.000 habitantes como denominador a fin de hacer legibles los guarismos). El Uruguay no ha sido ajeno a tal debate. Muy por el contrario, sorprendentemente lo incluyó en su agenda política. Primero desde el propio Ministerio del Interior y luego en el debate político. Tuve ocasión de referirme a la construcción mediática de la sensación de inseguridad en una contratapa del mes de agosto. Sin embargo, en estas latitudes, la construcción de los indicadores básicos respecto a la inseguridad no están en manos de los institutos productores de estadística. Ni el INE en Uruguay ni el Indec en Argentina se ocupan del tema, además del hecho de que buena parte de las prácticas de violencia quedan por fuera de los registros policiales por ausencia de denuncia (violaciones, maltrato familiar, etc). Algo que dificulta el desarrollo de una sociología del delito.
El senador Fernández Huidobro, que siempre se sitúa en la vereda progresista de los problemas estratégicos, como cuando particularmente insiste con originalidad y creatividad sobre la cuestión energética, arremetió en dos contratapas contra la iniciativa oficial de desarme de la población. Sus argumentos no son desdeñables y a riesgo de simplificarlos rescato particularmente dos de ellos, de diverso orden:
1) Las tiranías y las dictaduras siempre han desarmado a las poblaciones ejerciendo para sí el monopolio de la violencia.
2) Sociedades muy civilizadas y con bajísimos índices de violencia tienen muy altos niveles de armamentismo popular.
Con argumentos sólidos e inmejorables intenciones, no obstante, la conclusión política consistente en la desobediencia de la iniciativa ministerial de invitación al desarme actúa como un viento huracanado sobre el incendio. De conjunto, el planteo del senador Huidobro tiene el mérito de subrayar la pluricausalidad del problema y particularmente el segundo aspecto fue enfatizado muy didácticamente por el documentalista Michael Moore en su taquillera Bowling for Columbine haciéndolo masivo. Allí se subraya cómo los norteamericanos viven absortos en el miedo, la paranoia y la ignorancia producidos por los medios de comunicación en los que, sin ética alguna se escenifican hasta el más mínimo detalle los asesinatos y robos violentos. El miedo y la ignorancia en el pueblo hacen que la única salida sea la posesión de armas de todo tipo y que su comercialización (ya sea de armas como otros elementos similares que se utilicen para «protección» como ellos creen) sea tan pero tan natural que cualquier persona puede adquirirlas en un supermercado donde se esperaría que solamente vendan alimentos y productos de primera necesidad. El armamentismo está naturalizado. Inversamente, en Canadá, con también altos índices de armamentismo popular, el porcentaje de muertes por uso de armas es mucho menor y la gente vive tranquilamente a puertas abiertas. De todas formas, la intervención cinematográfica de Moore tiene particular sentido habida cuenta de los índices monstruosos de criminalidad de la sociedad estadounidense.
No así la uruguaya, a pesar de su televisión privada, aunque pueda reconocerse muy vagamente un leve incremento estadístico de algunos indicadores delictivos como el robo o la rapiña. Muy recientemente, este diario y otros medios de comunicación uruguayos resumieron las conclusiones de un informe del PNUD que corrobora mi hipótesis de agosto. En primer lugar sostiene que el homicidio es recién la tercera causa de muerte violenta (antecedida por los accidentes de tránsito y el suicidio). Para decirlo más simplemente aún, es mucho más probable que alguien se estrelle con su vehículo o decida suicidarse (cosa legítima, dicho sea de paso, y muy forzadamente adjetivable como violento) a que sea asesinado. Sólo 6 de cada 100.000 uruguayos mueren asesinados anualmente, cifra que se triplica en Argentina o en México y se decuplica en ciertas áreas de San Pablo.
Lo verdaderamente alarmante del informe es el crecimiento de los índices de violencia doméstica que, como ya sostuve, sólo refleja la punta del iceberg estadístico y que seguramente sea uno de los más serios problemas de sociología de la vida cotidiana uruguaya, donde a mayor nivel de armamentismo no puede esperarse sino peores consecuencias sociales, es decir, un agravamiento del problema.
Si luego se considera que el hurto representa el 56% del total del «patrón de criminalidad» (que no conlleva violencia) y los robos sin armas son el 70% de esta categoría, no se percibe el sentido de armarse para defenderse de un «enemigo» desarmado. Todos los indicadores reafirman que Uruguay es uno de los países más seguros del mundo, claro que del mundo periférico y dependiente en el que vivimos los latinoamericanos.
Pero a los argumentos de Huidobro que, insisto, son sólidos y fundados, a diferencia de su conclusión política debe anteponerse una cuestión de principios cuyo debate resulta indispensable en la izquierda y la sociedad en general. A saber: si el más alto valor a priorizar y custodiar es la vida o, contrariamente, la propiedad privada de los bienes de uso transables, dinero incluido, o para decirlo en términos marxistas, de las mercancías. Este debate la televisión ya parece haberlo zanjado.
|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]
Compartí tu opinión con toda la comunidad